1. Nombres y apellidos: Helard Fredy Añamuro Chambi
2. Promoción: 2001 – 5to “C”
3. Título de la obra: La revolución alfeñique y la lucha popular de 1950
4. Número de DNI: 42917801
5. Correo electrónico: helard.anamuro@ucsp.edu.pe
6. Número de celular: 963235027
7. Dirección completa: Urb. La Campiña, Pasaje Abanos, Ñ-5, Socabaya – Arequipa
La Revolución Alfeñique y la Lucha Popular de 1950
Por: Helard Fredy Añamuro Chambi[1]
Al
procurar que se haga la “toma de conciencia” de un pasado tan turbulento y tan
escabroso y al mismo tiempo tan peruano como es el periodo de la República en
nuestra historia, se está buscando, en realidad, una forma de maduración
nacional.
Jorge Basadre.
Nota Preliminar de la Quinta Edición de la “Historia
de la República del Perú” (1962).
Resumen: Nuestro ensayo pretende realizar un análisis histórico
sobre la denominada Revolución de 1950; en particular, sobre la trascendencia
política, social e histórica de la huelga estudiantil librada en el Colegio
Nacional de la Independencia Americana de la ciudad de Arequipa en junio de
1950. Además, efectuaremos un análisis crítico sobre la validez del término
“revolución” para denominar la lucha estudiantil y popular librada en Arequipa;
en contraste al conjunto de valores, fines, instrumentos y técnicas en los que
se sustenta y desarrolla la sociología política actual; para de ese modo
responder a las siguientes interrogantes: ¿La lucha librada en Arequipa fue una
revolución o una insurrección popular? ¿Qué es lo que hemos construido y qué
nos falta por construir como sociedad a raíz de cumplirse 70 años de la gesta
heroica del alumnado “alfeñique” y del pueblo de Arequipa?
Sumario: I. Introducción. II. Sobre
el significado de la lucha estudiantil y popular arequipeña. III. Arequipa, muestra
de identidad nacional. IV. Conclusiones.
V. Bibliografía.
I.
Introducción
En el año 1950, un sorpresivo anuncio de
elecciones generales en el país generó un clima de inquietud política; pues, se
pretendía restaurar las libertades cívicas conculcadas y encauzar al país a un camino de legalidad constitucional.
Odría había dejado la presidencia en manos del general Zenón Noriega, a fin de
cumplir la exigencia legal de la “bajada al llano”, y poder presentarse como
candidato presidencial. Pero, el régimen de Odría —al que se bautizó como
“ochenio” (1948-1956)— continuaría en el poder, y mantendría una política radical
liberal: menos intervención del Estado en la economía productiva, y mayor
control sobre los movimientos sociales; desenvolviendo una represión despiadada
y un autoritarismo exacerbado contra los opositores al régimen[2]. El dictador habría de
bautizar a su gobierno como “revolución restauradora” y, efectivamente,
restauraría la “oligarquía” en nuestro país. Sin embargo, ello no duraría mucho
tiempo, y no tendría una paz absoluta. Pues, en junio de aquel año estallaría
en Arequipa una protesta estudiantil que desencadenó la solidaridad y el
involucramiento en la protesta de universitarios, obreros, comerciantes y
profesionales de la ciudad; que a su vez originó un movimiento popular en
contra del régimen militar; desarrollándose así la toma de la plaza de armas, la
conformación de una Junta de Gobierno y la preparación de “barricadas” para el
enfrentamiento militar-civil. Y si bien la lucha acabó con la imposición de la
autoridad militar; la gesta heroica de resistencia popular —que costó el
tributo de vidas de estudiantes, obreros e intelectuales— tuvo una profunda significación
identitaria y una conducta crítica del pueblo arequipeño; develándonos que los
hechos pedagógicos tienen —y deben tener— eco en su entorno social.
Para
una parte de nuestra historiografía nacional, la lucha popular de 1950,
dolorosamente gestada a lo largo de 4 días (12 al 15 de junio), alcanzaría su cometido
inicial con la renuncia del Director del Colegio Independencia Americana (Juan
Guillermo Zela Koort) y del Prefecto de la Ciudad (Daniel Meza Cuadra); cuyo
logro se dio a través de las acciones de la toma del local del plantel y el control
de la plaza de armas de la ciudad. Comenzaría, a partir de ello, la
construcción de un discurso común que define los hechos expuestos como una
genuina revolución social —al menos en teoría—. Por ello, las preguntas en
torno a las cuales se estructura este ensayo son las siguientes: ¿La lucha
librada en Arequipa fue una revolución o una insurrección popular? ¿Qué es lo
que hemos construido y qué nos falta por construir como sociedad a raíz de
cumplirse 70 años de la gesta heroica del alumnado “alfeñique” y del pueblo de
Arequipa?
II. Sobre el significado de la lucha estudiantil y
popular arequipeña
El
concepto de “revolución” ha presentado para muchos una claridad relativa y
comúnmente banalizada. Así, hoy como ayer, se habla de revolución cuando sucede
cualquier cambio significativo: las telecomunicaciones, el sistema educativo,
una ópera moderna, etc. Desde un punto de vista etimológico, sin embargo, una
revolución comprende la “rotación de un cuerpo sobre su propio eje para volver
al punto de partida”[3]. Dicha acepción básica del
término ha sido instrumentalizada por la historia, la economía o la filosofía,
quienes dotándola de un contenido epistemológico variado, han diseñado un
conjunto de representaciones conceptuales que a continuación analizamos, y que
sirven como contraste en los hechos ocurridos en junio de 1950, para así
declarar la validez terminológica de la “Revolución del 50”.
Desde
un punto de vista histórico, las revoluciones son procesos que han modificado y
marcado profundamente las sociedades en las que han tenido lugar[4]. Se transforma rápida y bruscamente
las estructuras económicas y de clase de una sociedad; acompañadas y consumadas,
en parte, por el desenvolvimiento de revueltas populares. Véase la revolución
americana (1776), francesa (1789) o rusa (1917). En todas ellas, se presentan
elementos coyunturales: i) la irrupción de una gran cuestión nacional (que
actúa como la mecha que incendia la pradera), ii) una oleada de significativas
revueltas sociales (cual oleada sobre el océano inquieto) y iii) la toma y
control del poder (que subvierte el statu
quo anterior). La revolución desde su veta histórica, desarrolla
fundamentalmente la construcción de algo nuevo y el encuentro con los demás. En
nuestro caso, los hechos de junio (1950) parecerían subsumirse a lo descrito
anteriormente: i) la dictadura militar odriísta, como aliciente del descontento
popular, ii) la toma de los locales del emblemático colegio y la asidua defensa
de esta, junto a la rápida transformación de ello en una insurrección popular.
Sin embargo, como la historia alecciona, la conquista del poder y el control de
este fueron escasos, incluso, nulos. ¿Podría concluirse, entonces, que no es
correcto hablar de revolución? Veamos, inicialmente, qué nos dice Fuentes
Pastor al respecto:
Los hechos que se han narrado obedecen a
un Movimiento Popular, levantamiento o huelga, mas no a una revolución, que sin
lugar a duda, no tuvo un resultado victorioso, por lo que partiendo de este
punto, una revolución busca un cambio en el orden social, político y económico
de un gobierno o constitución;... a diferencia de un Movimiento Popular que es
una acción pública de masas[5].
Parecería,
entonces, que la revolución derivaría del momento privilegiado de la lucha
social: la victoria política. Bajo ese criterio, se trasluce una condición
frágil, emergente y contingente en las revoluciones. Sin embargo, para otros
autores como Hannah Arendt (1906-1975), debe establecerse una dimensión más
amplia del concepto “Revolución”, señalando dos modelos: el “exitoso”,
ejemplificado en la revolución americana, que conserva su carácter político; y
el “fallido”, representado por la revolución francesa, la cual sucumbe a la
compasión, por su apego a la solución de necesidades y su olvido de lo político[6]. No obstante, nadie podría
negar el patrimonio dejado por la gesta francesa:
la soberanía nacional, la representación política, los derechos del hombre, la
bandera tricolor y el lema “Libertad,
Igualdad y Fraternidad”. Nadie, del mismo modo, podría negar el carácter
“revolucionario” de aquel suceso. Así, el drama de la revolución
contemplaría contrastes.
En
nuestro caso la lucha social de 1950 trajo, necesariamente, una serie de
cambios para la sociedad tradicional arequipeña: valores, expectativas,
prácticas y lenguajes políticos que moldearon los intereses colectivos de los
individuos. Pero la gran interrogante es si todas esas transformaciones
respondieron a aspiraciones propias de la sociedad que retaba a la dictadura. ¿Realmente
los hechos luctuosos de junio del 50 fueron acciones de luchas profundas y
arraigadas; y, a su vez, bruscas y rápidas?
Y
es que la aparición de una protesta estudiantil el lunes 12 de junio —con
exigencias estudiantiles particulares[7]— obraría como el timonel
de exigencias nuevas. Aun cuando el movimiento popular lograra un éxito
político mediato, los problemas sociales de la ciudad ahora ingresaban a la
conciencia de la opinión pública. Conozcamos un poco más sobre la primigenia gesta
estudiantil:
Al promediar las doce del mediodía, el
Prefecto de Arequipa, Coronel Daniel Meza Cuadra, se acercó a la puerta del Colegio
a hablar sobre el pliego de reclamos con los representantes de los estudiantes,
que más que un diálogo fue un "ultimátum amenazante e intimidatorio",
para desalojar el colegio dentro de dos horas. El Prefecto consideraba a la
huelga como un movimiento subversivo e influenciado por agrupaciones políticas.
La huelga empezaba a dejar de ser un problema estudiantil para pasar a ser un
problema de ámbito local[8].
De modo tal que con el transcurrir de los
hechos, sus protagonistas, llegaron, casi sin proponérselo, al inicio de una
nueva etapa histórica y a buscar extenderla para la posteridad, imbuidos en la
contingencia y fragilidad de sus actos:
El día 14 de junio de 1950, la ciudad
amaneció embanderada a media asta con cintas negras en señal de duelo y
patrullada por el Ejército. Así mismo, la población despertó en un ambiente de
gran tensión, numerosos grupos de ciudadanos desde las primeras horas de la
mañana se dirigieron al centro de la cuidad desde los distritos cercanos,
congregándose en sus trabajos, otros en calles y plazas[9].
De
pronto, muchos ciudadanos, entre ellos mujeres del mercado San Camilo, obreros
(afiliados a la Central de Trabajadores de Arequipa), ferroviarios, choferes y
universitarios, entre otros; empleando palas, picos y otras herramientas,
comenzaron a desempedrar los adoquines de las boca calles principales para
levantar las tradicionales "Barricadas". La lucha se libraría en los techos de los edificios, de los campanarios, desde las
azoteas de las casas y las ventanas. Muchos caerían muertos y otros tantos
heridos, en ambos bandos[10].
Se integraría una Guardia Urbana para el control de posibles desmanes y se conformó
una Junta Provisional de Gobierno liderada por Francisco Mostajo Miranda. Aquella Junta
Provisional iniciaría conversaciones con el gobierno militar. Al día siguiente,
un comunicado sería leído en una radio local, informando los siguientes
acuerdos: 1. La Junta Provisional de Gobierno toma bajo su control los radios y
periódicos; 2. La Milicia (Guardia) Urbana, en formación, toma bajo su control
la ciudad para su custodia; y 3. Todas las autoridades nombradas por el
gobierno central cesan en sus funciones[11].
El
pueblo que había sitiado la Plaza de Armas, era baleado sin misericordia por
los soldados, en tales condiciones, no podría mantenerse el control político-militar
de este. De modo que la Junta de Gobierno Local decide una tregua con el
representante del segundo Prefecto, nombrado por el gobierno en reemplazo de
Daniel Meza Cuadra: el Comandante Cardeña. Mostajo comisionaría a 4
parlamentarios: Javier de Belaúnde, Arturo Villegas, Amoldo Guillén y Carlos
Bellido (denominado “Parlamento Trágico", por los tristes sucesos
posteriores). Ellos saldrían del Concejo en misión de paz, portando un mandil
como bandera blanca, pero el contingente
militar de Cardeña los recibiría con una ráfaga de ametralladora. Bellido y
Villegas serían abatidos mortalmente; Guillén y Belaúnde quedarían heridos.
Cardeña exigirí una rendición incondicional. La Junta no aceptaría[12]. El gobierno cambiaría
por tercera vez de Prefecto: Gral. Alejandro Ruíz Bravo, y con él se arribaría
a nuevas condiciones para la rendición y entrega de la ciudad. Se daría así el
fin del Paro General convocado por obreros, universitarios y profesionales de
la ciudad[13];
y pasaría a la historia como el mayor proceso insurreccional de Arequipa en el
siglo XX.
Con todo, se desprende la idea de que la
lucha social del 50 significó un cambio político y cultural; y no una
transformación total de las bases económicas o sociales del país. Si una
sociedad tiene como determinante principal la actividad económica —que es donde
descansan las actividades sociales y políticas— y esta no es sustituida; el
cambio político tendría un carácter de transformación superficial y sin efectos
prácticos reales[14].
Sin embargo, para nosotros, la lucha popular, sin tener esa intención
primigenia, comienza a construir ese espacio para las apariciones de los que
vendrían después, dejándonos como herencia la idea de que la libertad pudiese
ser una realidad visible y tangible; una “necesidad histórica”[15]. Por tanto, la búsqueda
de un nuevo origen fue la intención inicial de los revolucionarios. En el caso
francés, el factor que impulsó hacia la plaza pública a los individuos fue el
intento por restablecer un orden de cosas que había sido violentado por el
absolutismo. Encarnado, en nuestro caso, “revolución”, está referida a ciertos
comportamientos colectivos intencionales, dirigidos a subvertir el poder
político. Dichos comportamientos implican la adhesión a ciertos valores y el
rechazo de situaciones contrarias al interés común. Estas actitudes,
históricamente, han condicionado otros hechos sociales, creencias sobre la
sociedad. Este proceso, como es lógico es circular; pues, sobre las actitudes y
sus formas de expresarlas influyen, también, concepciones y creencias condicionadas
por ellas. Así, los cambios producidos por las actitudes colectivas, se
traducen en cambios reales en la sociedad. Aquí reside la “revolución” de las
luchas estudiantiles y populares de junio de 1950.
III. Arequipa, muestra de identidad nacional
Uno de los elementos que orientaron el comportamiento de la
población arequipeña en plena gesta insurreccional de 1950, fue la de una
identidad “regionalista” que con el transcurrir del tiempo describiría a este
territorio como rebelde o revolucionaria; pero, también, democrático y valiente por antonomasia. Y es que, desde la Independencia del
Perú, Arequipa fue territorio de movimientos sociales de trascendencia
histórica ineludible[16].
Citemos algunos casos. En 1854, Arequipa se
levantaría en contra de José Rufino Echenique, pues, se exigiría que Castilla
continúe en el gobierno. Luego, como expusimos, en 1950 los “alfeñiques”
iniciarían una protesta estudiantil —con ribetes populares— en contra de Odría. Y en este siglo, en junio del 2002, la
población arequipeña impediría —luego de casi un mes de protestas— la privatización de Egasa y Egesur por parte del gobierno de
Toledo Manrique. Por todo ello, es
innegable la presencia de Arequipa en
la vida política peruana; siendo protagonista esencial de nuestra historia
republicana. Este es, pues, el tipo de “revolución” constante que ha
desenvuelto el pueblo de Arequipa.
Para el historiador arequipeño Eusebio
Quiroz Paz Soldán, “Arequipa
no solo es una ciudad con fisonomía original, sino una ciudad donde se ha
producido una admirable síntesis cultural entre lo español y lo andino dentro
de una comunidad regional de alguna manera aislada del conjunto del Perú
colonial”[17].
Ello explicaría un proceso de “aculturación”, resultado de un proceso de
mestizaje entre lo español y lo andino, que forjaría una identidad arequipeña
propia. Pero se entiende que esta identidad no tiene los atisbos que tiene hoy:
una identidad cultural excluyente, aislada o exclusivista para un sector de la
población. Lo cierto es que este proceso de sincretismo racial y cultural
tienen una proyección aún mayor: la identidad nacional peruana. Pues, siendo el
Perú, un país con diversa herencia cultural, es correcto afirmar que el
fenómeno del mestizaje también ha sido emprendido en nuestro Estado
republicano. De tal modo que nuestra identidad nacional deber partir del
reconocimiento de ser un país pluricultural, multilingüe y mestizo por
añadidura.
Vimos
en líneas precedentes, cómo la gesta popular de 1950 fue tribuna para
cuestionar el orden de cosas imperante. Cobra necesidad de mencionar que los
protagonistas de dicha gesta han pasado a la historia no necesariamente por su
involucramiento en dicho proceso, sino, más bien, por lo que este hecho
histórico produjo en ellos. Este es la “revolución” de la gesta. Así, figuran
los nombres de los alfeñiques Rómulo Gonzáles y
Héctor Ballón Lozada (connotado historiador arequipeño); los universitarios
Enrique Soto León Velarde (figura jurídica de renombre), Juan y Oswaldo Reynoso
Díaz (sociólogo y catedrático, el primero; y escritor ampliamente conocido, el
segundo). Están, bajo la misma corriente, los docentes agustinos que
respaldaron la gesta: César Guardia Mayorga (filósofo), Miguel Ángel Rodríguez
Rivas (filósofo), Teodoro Núñez Ureta (filósofo y pintor), Alfonso Montesinos,
los hermanos Núñez Valdivia y Humberto Núñez Borja (jurista); entre otros.
Estas figuras precursoras de compromiso social rebasaron la localidad regional
y son parte ya de nuestra identidad nacional.
Pero estos hombres que hicieron historia, no lo hicieron
arbitrariamente, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino, más bien,
bajo escenarios directamente heredados del pasado. La historia, sin embargo, no
puede ser una biografía de los grandes hombres (aunque cierto es que ella debe
de ocuparse de los diversos personajes, incluso de los grandes, solo porque
estos tuvieron gran valor en servicio al pueblo y la humanidad). La historia
tampoco puede reducirse únicamente al examen del funcionamiento del Estado.
Debe tener por objeto principal la vida de los pueblos. La historia debe ser
una narración sensata y veraz sobre la vida del pueblo; sus diversos personajes
y los sucesos particulares deben hallar cobijo en ella solo en la medida en que
actúan sobre la vida del pueblo.
El
proceso de lucha estudiantil y popular fue trágico y complejo, y así lo fue
también la consolidación de nuestra identidad regional y peruana. Pero este
proyecto no conviene realizarlo en base a una idea de nación subyacente, sino,
más bien, como una nación que fue construida sobre la base de elementos
culturales realmente existentes en nuestro territorio. Nuestra historiografía
tiene el deber de no apartarse de las miradas profundas a los movimientos locales
o de los contextos regionales. El regionalismo arequipeño nos demuestra cómo el
factor humano y social hizo de Arequipa un “pueblo temperamental” —como diría
Basadre—. Y es que en Arequipa se produjo un mestizaje que es muestra,
asimismo, de un sincretismo mayor en todo el territorio nacional —con distintos
rasgos o matices—; perfilándose, de ese modo, la propia identidad nacional
peruana. Y aquel pueblo de junio de 1950 no fue una masa rutinaria, pasiva,
inerte, como una multitud desordenada, desprovista de razón, que actuó a
ciegas, hostil al orden del progreso, a la civilización y a la cultura. Fue,
por el contrario, agente dinamizador de los cambios sociales: pues este lucha,
resiste, piensa y siente: ¡revoluciona!
IV. Conclusiones
Primera.- La revolución, desde su perspectiva
histórica, desarrolla fundamentalmente la construcción de algo nuevo y el
encuentro con los demás. Asimismo, comprende la ruptura o corte que niega una
época e inicia una nueva. Así, los cambios producidos por las actitudes
colectivas, se tradujeron en cambios reales individuales y sociales. Aquí
reside la “revolución” de las luchas estudiantiles y populares de junio de
1950. La lucha social significó un cambio político y cultural; y no una
transformación total de las bases económicas o sociales del país.
Segunda.- La gesta de lucha estudiantil
y popular de junio de 1950 en Arequipa, fue uno de los sucesos de mayor
trascendencia histórica en el siglo XX en nuestro país. Ello ha servido como
fuente de una identidad arequipeña rebelde o
revolucionaria; pero, también, democrática y valiente. Así, Arequipa fue territorio de movimientos sociales
de trascendencia histórica ineludible en favor de la igualdad y la
justicia social. Esta identidad no debiera ser excluyente, aislada o
exclusivista para un sector de la población. Así, el proceso de sincretismo
racial y cultural debiera tener una proyección aún mayor: la identidad nacional
peruana. De tal modo que nuestra identidad nacional deber partir del reconocimiento
de ser un país pluricultural, multilingüe y mestizo por añadidura.
V. Bibliografía
Arendt, Hannah. (1973). Crisis
de la República. Madrid: Taurus.
Belaúnde
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Arequipa. Arequipa.
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México: Siglo Veintiuno Editores.
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contemporáneo. Desde las luchas de la independencia hasta el presente.
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Testimonios. Municipalidad Provincial de Arequipa. Arequipa.
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Skocpol, Theda. (1985). Los
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Rivera, Roy. (1995).
Tres días que convulsionaron a la "Ciudad Caudillo". En: la
Revolución del 50, Documentos y Testimonios. Municipalidad Provincial de
Arequipa. Arequipa.
[1] Ex-alumno del Colegio Nacional de la
Independencia Americana. Promoción 2001.
[2] Contreras
C. y Cueto M. (2013). Historia del Perú
contemporáneo. Desde las luchas de la independencia hasta el presente.
Lima: Instituto de Estudios Peruanos; Pontificia Universidad Católica del Perú;
Universidad del Pacífico. Pág. 312.
[3] Rosental. (1985). Diccionario Filosófico. Lima: Homo Sapiens. Pág. 522.
[4] Skocpol, Theda. (1985). Los
Estados y las revoluciones sociales. Ciudad de México: Fondo de Cultura
Económica. Pág. 85.
[5] Fuentes Pastor, Helard André. (2013).
La lucha del pueblo arequipeño en junio de 1950. Personajes y hechos. Arequipa:
Gobierno Regional. Pág. 150.
[6] Arendt, Hannah. (1973). Crisis de la
República. Madrid: Taurus. Pág. 208.
[7] Los
estudiantes, luego de tener el control del colegio, presentaron el siguiente “Pliego de
Reclamaciones”: Rendición de cuentas de los fondos recaudados por el
Club Escolar, supresión del sistema disciplinario, destitución del director del
Colegio, mal funcionamiento de la Biblioteca del Colegio, mala
alimentación de los alumnos del Internado y mejoramiento del funcionamiento de
los gabinetes de física y laboratorio de química. Revilla
Melgar, Julio Ernesto. (2009). Exalumnos
que dejaron Huellas. Arequipa. Pág. 61.
[8] Podestá, Luis Eduardo. (2005). Cuatro
días de junio. Lima: Biblioteca Nacional del Perú. Pág. 1993.
[9] (Diario Noticias,
1950, p. 3).
[10] Guillen Cárdenas, Amoldo. (2000).
Jornada Cívica de Junio de 1950 en Arequipa. En: Revista Sociales Nº 7.
La Revolución de Arequipa 1950-2000. Revista de la Facultad de Ciencias
Histórico Sociales - UNSA, Arequipa. Pág. 26.
[11] Soto Rivera, Roy. (1995). Tres
días que convulsionaron a la "Ciudad Caudillo". En: la Revolución
del 50, Documentos y Testimonios. Municipalidad Provincial de Arequipa.
Arequipa. Pág. 80.
[12] Quiroz Paz Soldán, Eusebio. (1995). Arequipa
en Junio de 1950. En: La Revolución del 50, Documentos y Testimonios.
Municipalidad Provincial de Arequipa. Arequipa. Pág. 175.
[13] Belaúnde Ruiz
de Somocursio, Javier. (1995). Junio 1950: La página más luminosa
de su vida. En: la Revolución del 50, Documentos y Testimonios.
Municipalidad Provincial de Arequipa. Arequipa. Pág. 129.
[14] Contreras C. y Cueto M. (2013). Historia del Perú contemporáneo. Desde las
luchas de la independencia hasta el presente. Lima: Instituto de Estudios
Peruanos; Pontificia Universidad Católica del Perú; Universidad del Pacífico.
Pág. 310.
[15] Bernstein, Richard J. (1991). Perfiles
filosóficos. Ensayos a la manera pragmática. Ciudad de México: Siglo
Veintiuno Editores. Pág. 293.
[16] De
acuerdo al libro “las Revoluciones de Arequipa” de Juan Gualberto Valdivia, se
sucedieron ocho revoluciones en el siglo XIX luego de conseguida la
Independencia (Valdivia, 1958).
[17] Quiroz, E.
(diciembre, 2005). La identidad cultural arequipeña como camino de la identidad
nacional peruana. Persona y Cultura, (N°
4), p. 57.
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