miércoles, 24 de junio de 2020

ENSAYO: LA REVOLUCIÓN ALFEÑIQUE - HELAR FREDY AÑAMURO CHAMBI (2001)

INFORMACIÓN DEL PARTICIPANTE

1. Nombres y apellidos: Helard Fredy Añamuro Chambi
2. Promoción: 2001 – 5to “C”
3. Título de la obra: La revolución alfeñique y la lucha popular de 1950
4. Número de DNI: 42917801
5. Correo electrónico: helard.anamuro@ucsp.edu.pe
6. Número de celular: 963235027
7. Dirección completa: Urb. La Campiña, Pasaje Abanos, Ñ-5, Socabaya – Arequipa


                                            La Revolución Alfeñique y la Lucha Popular de 1950

Por: Helard Fredy Añamuro Chambi[1]


Al procurar que se haga la “toma de conciencia” de un pasado tan turbulento y tan escabroso y al mismo tiempo tan peruano como es el periodo de la República en nuestra historia, se está buscando, en realidad, una forma de maduración nacional.
Jorge Basadre.
Nota Preliminar de la Quinta Edición de la “Historia de la República del Perú” (1962).

Resumen: Nuestro ensayo pretende realizar un análisis histórico sobre la denominada Revolución de 1950; en particular, sobre la trascendencia política, social e histórica de la huelga estudiantil librada en el Colegio Nacional de la Independencia Americana de la ciudad de Arequipa en junio de 1950. Además, efectuaremos un análisis crítico sobre la validez del término “revolución” para denominar la lucha estudiantil y popular librada en Arequipa; en contraste al conjunto de valores, fines, instrumentos y técnicas en los que se sustenta y desarrolla la sociología política actual; para de ese modo responder a las siguientes interrogantes: ¿La lucha librada en Arequipa fue una revolución o una insurrección popular? ¿Qué es lo que hemos construido y qué nos falta por construir como sociedad a raíz de cumplirse 70 años de la gesta heroica del alumnado “alfeñique” y del pueblo de Arequipa?

Sumario: I. Introducción. II. Sobre el significado de la lucha estudiantil y popular arequipeña. III. Arequipa, muestra de identidad nacional.  IV. Conclusiones. V. Bibliografía.


I. Introducción

En el año 1950, un sorpresivo anuncio de elecciones generales en el país generó un clima de inquietud política; pues, se pretendía restaurar las libertades cívicas conculcadas y encauzar al  país a un camino de legalidad constitucional. Odría había dejado la presidencia en manos del general Zenón Noriega, a fin de cumplir la exigencia legal de la “bajada al llano”, y poder presentarse como candidato presidencial. Pero, el régimen de Odría —al que se bautizó como “ochenio” (1948-1956)— continuaría en el poder, y mantendría una política radical liberal: menos intervención del Estado en la economía productiva, y mayor control sobre los movimientos sociales; desenvolviendo una represión despiadada y un autoritarismo exacerbado contra los opositores al régimen[2]. El dictador habría de bautizar a su gobierno como “revolución restauradora” y, efectivamente, restauraría la “oligarquía” en nuestro país. Sin embargo, ello no duraría mucho tiempo, y no tendría una paz absoluta. Pues, en junio de aquel año estallaría en Arequipa una protesta estudiantil que desencadenó la solidaridad y el involucramiento en la protesta de universitarios, obreros, comerciantes y profesionales de la ciudad; que a su vez originó un movimiento popular en contra del régimen militar; desarrollándose así la toma de la plaza de armas, la conformación de una Junta de Gobierno y la preparación de “barricadas” para el enfrentamiento militar-civil. Y si bien la lucha acabó con la imposición de la autoridad militar; la gesta heroica de resistencia popular —que costó el tributo de vidas de estudiantes, obreros e intelectuales— tuvo una profunda significación identitaria y una conducta crítica del pueblo arequipeño; develándonos que los hechos pedagógicos tienen —y deben tener— eco en su entorno social.

Para una parte de nuestra historiografía nacional, la lucha popular de 1950, dolorosamente gestada a lo largo de 4 días (12 al 15 de junio), alcanzaría su cometido inicial con la renuncia del Director del Colegio Independencia Americana (Juan Guillermo Zela Koort) y del Prefecto de la Ciudad (Daniel Meza Cuadra); cuyo logro se dio a través de las acciones de la toma del local del plantel y el control de la plaza de armas de la ciudad. Comenzaría, a partir de ello, la construcción de un discurso común que define los hechos expuestos como una genuina revolución social —al menos en teoría—. Por ello, las preguntas en torno a las cuales se estructura este ensayo son las siguientes: ¿La lucha librada en Arequipa fue una revolución o una insurrección popular? ¿Qué es lo que hemos construido y qué nos falta por construir como sociedad a raíz de cumplirse 70 años de la gesta heroica del alumnado “alfeñique” y del pueblo de Arequipa?

II. Sobre el significado de la lucha estudiantil y popular arequipeña

El concepto de “revolución” ha presentado para muchos una claridad relativa y comúnmente banalizada. Así, hoy como ayer, se habla de revolución cuando sucede cualquier cambio significativo: las telecomunicaciones, el sistema educativo, una ópera moderna, etc. Desde un punto de vista etimológico, sin embargo, una revolución comprende la “rotación de un cuerpo sobre su propio eje para volver al punto de partida”[3]. Dicha acepción básica del término ha sido instrumentalizada por la historia, la economía o la filosofía, quienes dotándola de un contenido epistemológico variado, han diseñado un conjunto de representaciones conceptuales que a continuación analizamos, y que sirven como contraste en los hechos ocurridos en junio de 1950, para así declarar la validez terminológica de la “Revolución del 50”.

Desde un punto de vista histórico, las revoluciones son procesos que han modificado y marcado profundamente las sociedades en las que han tenido lugar[4]. Se transforma rápida y bruscamente las estructuras económicas y de clase de una sociedad; acompañadas y consumadas, en parte, por el desenvolvimiento de revueltas populares. Véase la revolución americana (1776), francesa (1789) o rusa (1917). En todas ellas, se presentan elementos coyunturales: i) la irrupción de una gran cuestión nacional (que actúa como la mecha que incendia la pradera), ii) una oleada de significativas revueltas sociales (cual oleada sobre el océano inquieto) y iii) la toma y control del poder (que subvierte el statu quo anterior). La revolución desde su veta histórica, desarrolla fundamentalmente la construcción de algo nuevo y el encuentro con los demás. En nuestro caso, los hechos de junio (1950) parecerían subsumirse a lo descrito anteriormente: i) la dictadura militar odriísta, como aliciente del descontento popular, ii) la toma de los locales del emblemático colegio y la asidua defensa de esta, junto a la rápida transformación de ello en una insurrección popular. Sin embargo, como la historia alecciona, la conquista del poder y el control de este fueron escasos, incluso, nulos. ¿Podría concluirse, entonces, que no es correcto hablar de revolución? Veamos, inicialmente, qué nos dice Fuentes Pastor al respecto:

Los hechos que se han narrado obedecen a un Movimiento Popular, levantamiento o huelga, mas no a una revolución, que sin lugar a duda, no tuvo un resultado victorioso, por lo que partiendo de este punto, una revolución busca un cambio en el orden social, político y económico de un gobierno o constitución;... a diferencia de un Movimiento Popular que es una acción pública de masas[5].

Parecería, entonces, que la revolución derivaría del momento privilegiado de la lucha social: la victoria política. Bajo ese criterio, se trasluce una condición frágil, emergente y contingente en las revoluciones. Sin embargo, para otros autores como Hannah Arendt (1906-1975), debe establecerse una dimensión más amplia del concepto “Revolución”, señalando dos modelos: el “exitoso”, ejemplificado en la revolución americana, que conserva su carácter político; y el “fallido”, representado por la revolución francesa, la cual sucumbe a la compasión, por su apego a la solución de necesidades y su olvido de lo político[6]. No obstante, nadie podría negar el patrimonio dejado por la gesta francesa: la soberanía nacional, la representación política, los derechos del hombre, la bandera tricolor y el lema “Libertad, Igualdad y Fraternidad”. Nadie, del mismo modo, podría negar el carácter “revolucionario” de aquel suceso. Así, el drama de la revolución contemplaría contrastes.

En nuestro caso la lucha social de 1950 trajo, necesariamente, una serie de cambios para la sociedad tradicional arequipeña: valores, expectativas, prácticas y lenguajes políticos que moldearon los intereses colectivos de los individuos. Pero la gran interrogante es si todas esas transformaciones respondieron a aspiraciones propias de la sociedad que retaba a la dictadura. ¿Realmente los hechos luctuosos de junio del 50 fueron acciones de luchas profundas y arraigadas; y, a su vez, bruscas y rápidas?

Y es que la aparición de una protesta estudiantil el lunes 12 de junio —con exigencias estudiantiles particulares[7]— obraría como el timonel de exigencias nuevas. Aun cuando el movimiento popular lograra un éxito político mediato, los problemas sociales de la ciudad ahora ingresaban a la conciencia de la opinión pública. Conozcamos un poco más sobre la primigenia gesta estudiantil:

Al promediar las doce del mediodía, el Prefecto de Arequipa, Coronel Daniel Meza Cuadra, se acercó a la puerta del Colegio a hablar sobre el pliego de reclamos con los representantes de los estudiantes, que más que un diálogo fue un "ultimátum amenazante e intimidatorio", para desalojar el colegio dentro de dos horas. El Prefecto consideraba a la huelga como un movimiento subversivo e influenciado por agrupaciones políticas. La huelga empezaba a dejar de ser un problema estudiantil para pasar a ser un problema de ámbito local[8].

 De modo tal que con el transcurrir de los hechos, sus protagonistas, llegaron, casi sin proponérselo, al inicio de una nueva etapa histórica y a buscar extenderla para la posteridad, imbuidos en la contingencia y fragilidad de sus actos:

El día 14 de junio de 1950, la ciudad amaneció embanderada a media asta con cintas negras en señal de duelo y patrullada por el Ejército. Así mismo, la población despertó en un ambiente de gran tensión, numerosos grupos de ciudadanos desde las primeras horas de la mañana se dirigieron al centro de la cuidad desde los distritos cercanos, congregándose en sus trabajos, otros en calles y plazas[9].

De pronto, muchos ciudadanos, entre ellos mujeres del mercado San Camilo, obreros (afiliados a la Central de Trabajadores de Arequipa), ferroviarios, choferes y universitarios, entre otros; empleando palas, picos y otras herramientas, comenzaron a desempedrar los adoquines de las boca calles principales para levantar las tradicionales "Barricadas". La lucha se libraría en los techos de los edificios, de los campanarios, desde las azoteas de las casas y las ventanas. Muchos caerían muertos y otros tantos heridos, en ambos bandos[10]. Se integraría una Guardia Urbana para el control de posibles desmanes y se conformó una Junta Provisional de Gobierno liderada por Francisco Mostajo Miranda. Aquella Junta Provisional iniciaría conversaciones con el gobierno militar. Al día siguiente, un comunicado sería leído en una radio local, informando los siguientes acuerdos: 1. La Junta Provisional de Gobierno toma bajo su control los radios y periódicos; 2. La Milicia (Guardia) Urbana, en formación, toma bajo su control la ciudad para su custodia; y 3. Todas las autoridades nombradas por el gobierno central cesan en sus funciones[11].

El pueblo que había sitiado la Plaza de Armas, era baleado sin misericordia por los soldados, en tales condiciones, no podría mantenerse el control político-militar de este. De modo que la Junta de Gobierno Local decide una tregua con el representante del segundo Prefecto, nombrado por el gobierno en reemplazo de Daniel Meza Cuadra: el Comandante Cardeña. Mostajo comisionaría a 4 parlamentarios: Javier de Belaúnde, Arturo Villegas, Amoldo Guillén y Carlos Bellido (denominado “Parlamento Trágico", por los tristes sucesos posteriores). Ellos saldrían del Concejo en misión de paz, portando un mandil como  bandera blanca, pero el contingente militar de Cardeña los recibiría con una ráfaga de ametralladora. Bellido y Villegas serían abatidos mortalmente; Guillén y Belaúnde quedarían heridos. Cardeña exigirí una rendición incondicional. La Junta no aceptaría[12]. El gobierno cambiaría por tercera vez de Prefecto: Gral. Alejandro Ruíz Bravo, y con él se arribaría a nuevas condiciones para la rendición y entrega de la ciudad. Se daría así el fin del Paro General convocado por obreros, universitarios y profesionales de la ciudad[13]; y pasaría a la historia como el mayor proceso insurreccional de Arequipa en el siglo XX.

Con todo, se desprende la idea de que la lucha social del 50 significó un cambio político y cultural; y no una transformación total de las bases económicas o sociales del país. Si una sociedad tiene como determinante principal la actividad económica —que es donde descansan las actividades sociales y políticas— y esta no es sustituida; el cambio político tendría un carácter de transformación superficial y sin efectos prácticos reales[14]. Sin embargo, para nosotros, la lucha popular, sin tener esa intención primigenia, comienza a construir ese espacio para las apariciones de los que vendrían después, dejándonos como herencia la idea de que la libertad pudiese ser una realidad visible y tangible; una “necesidad histórica”[15]. Por tanto, la búsqueda de un nuevo origen fue la intención inicial de los revolucionarios. En el caso francés, el factor que impulsó hacia la plaza pública a los individuos fue el intento por restablecer un orden de cosas que había sido violentado por el absolutismo. Encarnado, en nuestro caso, “revolución”, está referida a ciertos comportamientos colectivos intencionales, dirigidos a subvertir el poder político. Dichos comportamientos implican la adhesión a ciertos valores y el rechazo de situaciones contrarias al interés común. Estas actitudes, históricamente, han condicionado otros hechos sociales, creencias sobre la sociedad. Este proceso, como es lógico es circular; pues, sobre las actitudes y sus formas de expresarlas influyen, también, concepciones y creencias condicionadas por ellas. Así, los cambios producidos por las actitudes colectivas, se traducen en cambios reales en la sociedad. Aquí reside la “revolución” de las luchas estudiantiles y populares de junio de 1950.

III. Arequipa, muestra de identidad nacional

Uno de los elementos que orientaron el comportamiento de la población arequipeña en plena gesta insurreccional de 1950, fue la de una identidad “regionalista” que con el transcurrir del tiempo describiría a este territorio como rebelde o revolucionaria; pero, también, democrático y valiente por antonomasia. Y es que, desde la Independencia del Perú, Arequipa fue territorio de movimientos sociales de trascendencia histórica ineludible[16]. Citemos algunos casos. En 1854, Arequipa se levantaría en contra de José Rufino Echenique, pues, se exigiría que Castilla continúe en el gobierno. Luego, como expusimos, en 1950 los “alfeñiques” iniciarían una protesta estudiantil con ribetes populares en contra de Odría. Y en este siglo, en junio del 2002, la población arequipeña impediría luego de casi un mes de protestas la privatización de Egasa y Egesur por parte del gobierno de Toledo Manrique. Por todo ello, es innegable la presencia de Arequipa en la vida política peruana; siendo protagonista esencial de nuestra historia republicana. Este es, pues, el tipo de “revolución” constante que ha desenvuelto el pueblo de Arequipa.

Para el historiador arequipeño Eusebio Quiroz Paz Soldán, “Arequipa no solo es una ciudad con fisonomía original, sino una ciudad donde se ha producido una admirable síntesis cultural entre lo español y lo andino dentro de una comunidad regional de alguna manera aislada del conjunto del Perú colonial”[17]. Ello explicaría un proceso de “aculturación”, resultado de un proceso de mestizaje entre lo español y lo andino, que forjaría una identidad arequipeña propia. Pero se entiende que esta identidad no tiene los atisbos que tiene hoy: una identidad cultural excluyente, aislada o exclusivista para un sector de la población. Lo cierto es que este proceso de sincretismo racial y cultural tienen una proyección aún mayor: la identidad nacional peruana. Pues, siendo el Perú, un país con diversa herencia cultural, es correcto afirmar que el fenómeno del mestizaje también ha sido emprendido en nuestro Estado republicano. De tal modo que nuestra identidad nacional deber partir del reconocimiento de ser un país pluricultural, multilingüe y mestizo por añadidura.

Vimos en líneas precedentes, cómo la gesta popular de 1950 fue tribuna para cuestionar el orden de cosas imperante. Cobra necesidad de mencionar que los protagonistas de dicha gesta han pasado a la historia no necesariamente por su involucramiento en dicho proceso, sino, más bien, por lo que este hecho histórico produjo en ellos. Este es la “revolución” de la gesta. Así, figuran los nombres de los alfeñiques Rómulo Gonzáles y Héctor Ballón Lozada (connotado historiador arequipeño); los universitarios Enrique Soto León Velarde (figura jurídica de renombre), Juan y Oswaldo Reynoso Díaz (sociólogo y catedrático, el primero; y escritor ampliamente conocido, el segundo). Están, bajo la misma corriente, los docentes agustinos que respaldaron la gesta: César Guardia Mayorga (filósofo), Miguel Ángel Rodríguez Rivas (filósofo), Teodoro Núñez Ureta (filósofo y pintor), Alfonso Montesinos, los hermanos Núñez Valdivia y Humberto Núñez Borja (jurista); entre otros. Estas figuras precursoras de compromiso social rebasaron la localidad regional y son parte ya de nuestra identidad nacional.  Pero estos hombres que hicieron historia, no lo hicieron arbitrariamente, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino, más bien, bajo escenarios directamente heredados del pasado. La historia, sin embargo, no puede ser una biografía de los grandes hombres (aunque cierto es que ella debe de ocuparse de los diversos personajes, incluso de los grandes, solo porque estos tuvieron gran valor en servicio al pueblo y la humanidad). La historia tampoco puede reducirse únicamente al examen del funcionamiento del Estado. Debe tener por objeto principal la vida de los pueblos. La historia debe ser una narración sensata y veraz sobre la vida del pueblo; sus diversos personajes y los sucesos particulares deben hallar cobijo en ella solo en la medida en que actúan sobre la vida del pueblo.

El proceso de lucha estudiantil y popular fue trágico y complejo, y así lo fue también la consolidación de nuestra identidad regional y peruana. Pero este proyecto no conviene realizarlo en base a una idea de nación subyacente, sino, más bien, como una nación que fue construida sobre la base de elementos culturales realmente existentes en nuestro territorio. Nuestra historiografía tiene el deber de no apartarse de las miradas profundas a los movimientos locales o de los contextos regionales. El regionalismo arequipeño nos demuestra cómo el factor humano y social hizo de Arequipa un “pueblo temperamental” —como diría Basadre—. Y es que en Arequipa se produjo un mestizaje que es muestra, asimismo, de un sincretismo mayor en todo el territorio nacional —con distintos rasgos o matices—; perfilándose, de ese modo, la propia identidad nacional peruana. Y aquel pueblo de junio de 1950 no fue una masa rutinaria, pasiva, inerte, como una multitud desordenada, desprovista de razón, que actuó a ciegas, hostil al orden del progreso, a la civilización y a la cultura. Fue, por el contrario, agente dinamizador de los cambios sociales: pues este lucha, resiste, piensa y siente: ¡revoluciona!







IV. Conclusiones

Primera.- La revolución, desde su perspectiva histórica, desarrolla fundamentalmente la construcción de algo nuevo y el encuentro con los demás. Asimismo, comprende la ruptura o corte que niega una época e inicia una nueva. Así, los cambios producidos por las actitudes colectivas, se tradujeron en cambios reales individuales y sociales. Aquí reside la “revolución” de las luchas estudiantiles y populares de junio de 1950. La lucha social significó un cambio político y cultural; y no una transformación total de las bases económicas o sociales del país.

Segunda.- La gesta de lucha estudiantil y popular de junio de 1950 en Arequipa, fue uno de los sucesos de mayor trascendencia histórica en el siglo XX en nuestro país. Ello ha servido como fuente de una identidad arequipeña rebelde o revolucionaria; pero, también, democrática y valiente. Así, Arequipa fue territorio de movimientos sociales de trascendencia histórica ineludible en favor de la igualdad y la justicia social. Esta identidad no debiera ser excluyente, aislada o exclusivista para un sector de la población. Así, el proceso de sincretismo racial y cultural debiera tener una proyección aún mayor: la identidad nacional peruana. De tal modo que nuestra identidad nacional deber partir del reconocimiento de ser un país pluricultural, multilingüe y mestizo por añadidura.


V. Bibliografía

Arendt, Hannah. (1973). Crisis de la República. Madrid: Taurus.

Belaúnde Ruiz de Somocursio, Javier. (1995). Junio 1950: La página más luminosa de su vida. En: la Revolución del 50, Documentos y Testimonios. Municipalidad Provincial de Arequipa. Arequipa.

Bernstein, Richard J. (1991). Perfiles filosóficos. Ensayos a la manera pragmática. Ciudad de México: Siglo Veintiuno Editores.

Contreras C. y Cueto M. (2013). Historia del Perú contemporáneo. Desde las luchas de la independencia hasta el presente. Lima: Instituto de Estudios Peruanos; Pontificia Universidad Católica del Perú; Universidad del Pacífico.

Fuentes Pastor, Helard André. (2013). La lucha del pueblo arequipeño en junio de 1950. Personajes y hechos. Arequipa: Gobierno Regional.

Guillen Cárdenas, Amoldo. (2000). Jornada Cívica de Junio de 1950 en Arequipa. En: Revista Sociales Nº 7. La Revolución de Arequipa 1950-2000. Revista de la Facultad de Ciencias Histórico Sociales - UNSA, Arequipa.

Podestá, Luis Eduardo. (2005). Cuatro días de junio. Lima: Biblioteca Nacional del Perú.

Quiroz Paz Soldán, Eusebio. (1995). Arequipa en Junio de 1950. En: La Revolución del 50, Documentos y Testimonios. Municipalidad Provincial de Arequipa. Arequipa.

Quiroz, E. (diciembre, 2005). La identidad cultural arequipeña como camino de la identidad nacional peruana. Persona y Cultura, (N° 4).

Rosental. (1985). Diccionario Filosófico. Lima: Homo Sapiens.

Skocpol, Theda. (1985). Los Estados y las revoluciones sociales. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.

Soto Rivera, Roy. (1995). Tres días que convulsionaron a la "Ciudad Caudillo". En: la Revolución del 50, Documentos y Testimonios. Municipalidad Provincial de Arequipa. Arequipa.




[1] Ex-alumno del Colegio Nacional de la Independencia Americana. Promoción 2001.
[2] Contreras C. y Cueto M. (2013). Historia del Perú contemporáneo. Desde las luchas de la independencia hasta el presente. Lima: Instituto de Estudios Peruanos; Pontificia Universidad Católica del Perú; Universidad del Pacífico. Pág. 312.
[3] Rosental. (1985). Diccionario Filosófico. Lima: Homo Sapiens. Pág. 522.
[4] Skocpol, Theda. (1985). Los Estados y las revoluciones sociales. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica. Pág. 85.
[5] Fuentes Pastor, Helard André. (2013). La lucha del pueblo arequipeño en junio de 1950. Personajes y hechos. Arequipa: Gobierno Regional. Pág. 150.
[6] Arendt, Hannah. (1973). Crisis de la República. Madrid: Taurus. Pág. 208.
[7] Los estudiantes, luego de tener el control del colegio, presentaron el siguiente “Pliego de Reclamaciones”: Rendición de cuentas de los fondos recaudados por el Club Escolar, supresión del sistema disciplinario, destitución del director del Colegio, mal funcionamiento de la Biblioteca del Colegio, mala alimentación de los alumnos del Internado y mejoramiento del funcionamiento de los gabinetes de física y laboratorio de química. Revilla Melgar, Julio Ernesto. (2009). Exalumnos que dejaron Huellas. Arequipa. Pág. 61.
[8] Podestá, Luis Eduardo. (2005). Cuatro días de junio. Lima: Biblioteca Nacional del Perú. Pág. 1993.
[9] (Diario Noticias, 1950, p. 3).
[10] Guillen Cárdenas, Amoldo. (2000). Jornada Cívica de Junio de 1950 en Arequipa. En: Revista Sociales Nº 7. La Revolución de Arequipa 1950-2000. Revista de la Facultad de Ciencias Histórico Sociales - UNSA, Arequipa. Pág. 26.
[11] Soto Rivera, Roy. (1995). Tres días que convulsionaron a la "Ciudad Caudillo". En: la Revolución del 50, Documentos y Testimonios. Municipalidad Provincial de Arequipa. Arequipa. Pág. 80.
[12] Quiroz Paz Soldán, Eusebio. (1995). Arequipa en Junio de 1950. En: La Revolución del 50, Documentos y Testimonios. Municipalidad Provincial de Arequipa. Arequipa. Pág. 175.
[13] Belaúnde Ruiz de Somocursio, Javier. (1995). Junio 1950: La página más luminosa de su vida. En: la Revolución del 50, Documentos y Testimonios. Municipalidad Provincial de Arequipa. Arequipa. Pág. 129.
[14] Contreras C. y Cueto M. (2013). Historia del Perú contemporáneo. Desde las luchas de la independencia hasta el presente. Lima: Instituto de Estudios Peruanos; Pontificia Universidad Católica del Perú; Universidad del Pacífico. Pág. 310.
[15] Bernstein, Richard J. (1991). Perfiles filosóficos. Ensayos a la manera pragmática. Ciudad de México: Siglo Veintiuno Editores. Pág. 293.
[16] De acuerdo al libro “las Revoluciones de Arequipa” de Juan Gualberto Valdivia, se sucedieron ocho revoluciones en el siglo XIX luego de conseguida la Independencia (Valdivia, 1958).
[17] Quiroz, E. (diciembre, 2005). La identidad cultural arequipeña como camino de la identidad nacional peruana. Persona y Cultura, (N° 4), p. 57.

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