CUENTO:
AMIGOS HASTA DESPUES DE LA MUERTE
Autor:
Antonio Vargas Oblitas
Promoción
1964
Ahora
que pretendo escribir esos momentos vividos, en las que espontáneamente fuimos amigos, ¡recordado Walter Villavicencio!. Nos
conocimos y no buscamos
conceptos
ni definiciones de lo que es la amistad, solo fuimos amigos así como dijo Aristóteles “ser amigo es una sola alma habitando en dos
cuerpos”, y no caminaste delante mío porque yo no te seguía, y tú tampoco me
seguiste porque yo no fui tu líder, solo caminamos uno al lado del otro, es
decir, fuimos amigos y nuestras travesuras de adolescentes y las vivencias de
adultos las vivimos y es cierto que sí, algunas veces tuvimos fallas nos
llamamos mutuamente la atención sin buscar castigos ni aplausos y aprendí mucho
de ti y probablemente algo aprendiste de mi porque fuimos más que amigos
¡hermanos! Es así que ahora escribo para
ti, este cuento de lo que vivimos.
ALFEÑIQUES
EN EL CORAZÓN DEL PUEBLO
¡Todo empezó una semana de
marzo de 1960!
Transportados
por la magia del tiempo, un grupo de asustados palomillas, descendientes de la
noble y volcánica Arequipa, salidos de las tradicionales escuelas de la ciudad,
como aquellas conocidas por el nombre de sus directores: Cachito Rivera, la de
Guillen de Tingo, o los Puputis de Gilberto Ochoa en la Ranchería. Con la
energía de ser hijos legítimos del Señor Misti ingresábamos, después de
riguroso examen, a las aulas del “Colegio Centenario Independencia Americana”
La voz
de los alto parlantes del pabellón central, anunciaban con alegría nuestros
nombres, seleccionados después de nuestro primer triunfo en la lucha por la
vida.
¡Hoy
después de más medio siglo!
Lleno
de emoción me doy cuenta que esta, nuestra primera trinchera de lucha me sigue iluminando
como en el primer día, en el salón de actos, donde fuimos reunidos y en donde
resuena todavía en mis oídos la voz del buen maestro Alberto Ugarte que nos
decía… ¡saben ustedes dónde han ingresado! ¡Han ingresado al Glorioso Colegio
Independencia Americana…!
Medio
siglo que han dejado huellas en mí y en mis compañeros y nos convierten en pasas
dulces como los exquisitos alfeñiques, pero siempre impregnados con la misma
mística independiente de corazón, con la
misma sed revolucionaria, de justicia, paz y libertad que sembraron nuestros
maestros de antaño, los doctores de educación, cariñosamente recordados como el
Mono Bejarano y su hermano Rapidol, el doctor Pedro Luís que nos mandaba al
paredón de fusilamiento si no sabíamos la lección, el Seco Ponce, el Cuche
Montesinos, Ernesto Carrasco, Pinocho Martínez y muchos más que con su ejemplo,
humildad y lealtad nos enseñaron a
enarbolar las banderas albas independientes para alcanzar nuestros soñados
ideales.
¡Niños
de ayer, hombres de hoy!
Como
recuerdo con añoranza nuestros gloriosos desfiles en que trescientos cincuenta
bulliciosos alfeñiques de la promoción irrumpíamos con nuestros pasos,
marciales y gallardos, nuestro ingreso por la Pontezuela de la Plaza de armas, arrancando
los aplausos del pueblo arequipeño, que no olvidaba la sangre derramada y
resarcía heridas de la trágica huelga del cincuenta. ¡Ahí viene la I ! De los cuatro portales caían
flores sobre nuestra impecable lanilla independiente, mientras marchábamos
rezagados los mascota, como olvidar al
chato Gustavo Rivera a Huertas, a Caballero a Oblitas, al Sachaquita Juan y al
querido amigo de todos los tiempos Walter Villavicencio Lazo, quienes enredados
en los corazones de las lindas golondrinas de la Asunción , y envueltos en
las capas de las hermosas Huayruras del Corazón de Jesús, arreglando nuestra
cristina caqui perdíamos el paso, poniendo así la nota pintoresca al desfile bajo
las notas musicales de nuestra querida
marcha “La Marina ”.
¡La
nostalgia aborda mis recuerdos!
Traigo
a mi mente nuestras mataperradas estudiantiles en la Climática de Mollendo:
Nuestra partida de la estación del ferrocarril, sentíamos que el alma se
enternecía y el corazón latía precipitadamente en cada estación donde el tren
se detenía. Al mando siempre de tan singular ejército estudiantil iba nuestro
querido maestro Pinocho. Días felices fueron nuestra estancia en el “Puerto Bravo”
en donde florecía ya, nuestra incipiente vocación profesional. Veranos
calurosos, pasamos protegidos por el “Castillo Mollendino” envueltos en inocentes
y bellas fantasías y arrullados por las olas rítmicas del mar nos adormecíamos
llenos de ilusión y de ensueño.
¡Despertamos
al estallido de un fuerte camaretazo!
Retumba
todavía en mis oídos las voces de nuestros compañeros: Jorge Sotelo, Santa
Cruz, Ampuero Marroquín, Callo Quispe, Walter Villavicencio y otros, quienes
encendidos por el fuego de “Antorcha”, Radio periódico estudiantil, salimos en
defensa de nuestros legítimos derechos en la inolvidable huelga de 1963, donde
conseguimos el primer ómnibus en la historia de nuestro colegio. Ese mismo
fuego de antorcha sigue perennemente prendido en mi corazón y me conduce por
los caminos del recuerdo en donde enarbolamos siempre nuestras banderas
reivindicativas, verdaderos estandartes gloriosos que jamás serán arriados por
nuestra generación, ya que por siempre escribiré con orgullo volcánico: “El que
entra al colegio Independencia jamás sale de él. Prefiere morir de pie que
vivir de rodillas.
ASÍ EN
EL CIELO COMO EN LA TIERRA INDEPENDIENTE SOY DE CORAZÓN
Corría
el año de 1962 tan velozmente como el cometa Halley, que una mañana cruzó el
cielo azul de nuestra blanca ciudad y nos dejó un sueño que más tarde se
convirtió en una realidad. Así pasaron nuestros días tan rápido como ese cometa,
dejando en nuestras almas un sello de añoranzas de aquella nuestra vida, en las
sagradas aulas de nuestro colegio.
Éramos los alumnos del tercero “fe” y no del
tercero “f”, pues hasta en eso éramos singulares, que arrodillados en el patio parecíamos
verdaderos arcángeles de Dios y no los mataperros alfeñiques del ayer. Allí el
más contrito, puro y angelical era mi buen amigo Walter, después del ayuno casi
obligado esperaba con ansia la bendita comunión, a su lado como de costumbre su
amigo y hermano del alma “yo Antonio”, pues nos disponíamos en santa eucaristía
a recibir la sagrada forma convertida en el cuerpo de Jesús.
Todos
ansiosos de esta nueva experiencia. Los más de mil alumnos convertidos en un
batallón de ángeles celestiales esperábamos la llegada del recordado “Padre
Rivera”, quien, como enviado divino de la misma catedral, haría el milagro de
convertir aquellos adolescentes demoniacos de callejón en el manso rebaño de
Dios, ¡esperaba redimirnos! Allí estábamos con el alma pura, el inocente
corazón preparado para tan solemne acto de contrición, ya había llegado por fin
el momento esperado, después de una semana de un severo y riguroso lavado del
alma a que estábamos sometidos.
Uno
a uno nos acercábamos con reverencia y devoción y recibíamos la comunión que
nos hacía dignos de la mirada de Dios y también una tarjeta que nos hacía
merecedores a una buena ración de fruta que nos regalaba el colegio para
premiar nuestra abnegada conversión.
Aquella
mañana inolvidable, mi amigo de todos los tiempos Walter acelera el paso y
aquella alma pura y sin pecado nuevamente lo veo en la cola de la comunión, por
segunda vez, junto a los convertidos palomillas huelguistas por tradición del
cuarto de secundaria, otra vez su carita de ángel o Luzbel, cara de niño
alfeñique al fin. Me llama con señas y allí estoy yo al lado de mi mejor amigo
dispuesto a comulgar nuevamente y por consiguiente a recibir la segunda tarjeta
de fruta que abriría el ensueño de endulzar nuestro desfalleciente estómago,
obligado en esta oportunidad a un ayuno no acostumbrado.
Nos
disponíamos a ir a nuestros hogares cuando de pronto Walter regresa al colegio
y entrega la bolsa de fruta, adquirida sin merecerlo, al más pobre de nuestros
compañeros y yo también para salvar mi alma del pecado tuve que entregar mi
bolsa, aunque no lo hice de buena gana, después de hacerlo sentí satisfacción.
Pasaron
los días y como fervientes hijos de la mamita de Chapi, Patrona de nuestro colegio,
fuimos a confesarnos al padre Rivera, de nuestro repudiable sacrilegio. Nos
recibió y escuchó sonriente nuestro relato y para sorpresa nuestra, nos dijo:
¡Dios desde el cielo seguro que se ha reído de la broma de este par de
rapazuelos alfeñiques y ya los ha perdonado como yo los perdono ahora!
Así transcurrieron los días en nuestro colegio
entre risas y alegrías y también grandes preocupaciones por aprender y ser
mejores y alcanzar nuestros logros y entregarlos a nuestra alma mater
“Independencia Americana”
Ya
en la Universidad nuestra amistad continuó y se fue fortaleciendo aún más
cuando
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empezamos a asistir a la asociación de ex alumnos y a las
olimpiadas que se empezaron a organizar entre promociones del Colegio
independencia, buscando siempre poner en alto a la promoción 64 , “Nuestra
promoción” y de esos años tengo muchas anécdotas y recuerdos
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que
hoy se agolpan en mi mente y siento emociones encontradas a veces de alegría
ante nuestros éxitos o de nostalgias de nuestros fracasos, pero siempre allí,
porque como alguien lo dijo y así lo sentimos “el que entra a este colegio
nunca sale de él”
PARTICIPANDO DE LAS OLIMPIADAS
DE EX ALUMNOS DEL COLEGIO INDEPENDENCIA AMERICANA (AECNIA)
Solo
me permitiré contar una anécdota de estas olimpiadas en que participábamos en
natación y tú tenías que competir en el estilo pecho:
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Recuerdas Walter que después de muchos y cansados
entrenamientos, siempre bajo mi atenta mirada y recomendación:
¡No te olvides del pateo en el estilo pecho, Walter!
Cuando juntos
entrenábamos en las cristalinas aguas de la piscina
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de
los “Carpayitos”, bajo la sombra de las gigantescas palmeras tingueñas,
poníamos de manifiesto todo el coraje y la valentía del ex alumno alfeñique
para defender a nuestra promoción 64, especialmente ese año en que ¡estábamos
de “Bodas de oro!
Por
fin llegó el día esperado, ambiente de fiesta concitaba la presentación de los
nadadores de antaño: Tingueños legítimos, donde destacaba la figura arrogante
noble y señera de mi mejor amigo Walter Villavicencio Lazo.
Colocados
en sus respectivos poyos de partida están los nadadores palomillas de ayer,
esperando el pitazo del juez que indicara la señal de partida. Expectativa
general en las tribunas. Silencio total en las abarrotadas galerías y
periodistas prestos a coger la noticia. Ese era el ambiente que se vivía en aquella
inolvidable tarde de junio.
Se
escuchó la señal de partida. Seis veloces nadadores se tiraron al agua
dispuestos a conseguir la preciada medalla, parecían finos delfines que cortaban
el agua, la que respetuosa y prudente les abría el camino de la consagración.
¡Adelante, siempre adelante! ibas querido amigo con el aliento de nuestra
promoción, que en ningún momento dejaba de repetir tu nombre.
-
¡Walter! ¡Walter!
Pero ocurrió lo inaudito, lo que no podía
creer, ante mis ojos tú, nuestro héroe, ibas perdiendo ubicación, ante la
manifiesta desesperación de toda nuestra promoción. Uno a uno te fueron pasando
los nadadores de las otras promociones hasta que quedaste en el último lugar de
la competencia.
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Sin poder guardar la pena y cólera que me invadía ese
momento me acerqué y te increpé tu mala actuación diciéndote:
-
¡No te he dicho que patees¡¡que
no dejes de patear en el estilo pecho!
La respuesta que me diste fue la más inesperada, que
hasta hoy día retumba en mis oídos:
|
|
-
¡Y yo no te he dicho más de una vez, que, a mis años, de la cintura para abajo
todo está muerto!
Los
periodistas testigos de esta anécdota rieron con tantas ganas que este recuerdo
ha quedado impreso para toda mi vida, y que a ti de seguro que te hace sonreír
donde estés.
“¡CUANDO
UN ALFEÑIQUE MUERE, NUNCA MUERE!”.
Y
desde la trascendencia que deja en mi alma aquel triste recuerdo de tu partida,
en aquella fría mañana de “Viernes Santo” cuando se rasgó en mi alma el velo
negro que cubría los altares de las iglesias en señal de agonía y redención,
ante la noticia fatal de tu increíble postración en una de las camas de
cuidados intensivos de un conocido hospital, ahí estabas como esperando una
última visita, más esto no lo pude ni siquiera imaginar y al verte así, casi
risueño te dije “yo repartiendo los oficios de la promoción y tú bien echadito
sin hacer nada” ¡ y la “I”?...
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Al escuchar la “I” haciendo un acopio de todas tus
fuerzas, estiraste tu mano cogiendo la mía fuertemente y soltándola poco a
poco espiraste apaciblemente dejando una huella imborrable en mi corazón y en
el camino que tú mismo construiste y ahora yo lo tengo que continuar, como
independiente, hasta el triunfo final.
Y en muchas tarde de verano Arequipeño en que el cielo se
nubla y de pronto comienza a llover, he sentido la nostalgia por los
“alfeñiques que gozan del reino inconmensurable de la luz””
y de las vivencias de
adolescentes junto con
ustedes compañeros de la “I” ¡junto a ti amigo Walter Villavicencio! y
pienso: “Y aun cuando
te deje la
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vida,
no temas, cuenta conmigo alfeñique, que yo siempre te recordaré y contigo
estaré”, fue una promesa que te hice en tu lecho de agonía, cuando sentí tu
último aliento a través de un fuerte apretón de manos que me diste al partir a
la eternidad, después de escuchar la palabra, “Independencia”. Walter
Villavicencio “amigos hasta después de la muerte”.
Y
ahora continuamos con las olimpiadas, pese a las diversas circunstancias que
nos presenta la vida, ahí estamos siempre defendiendo el nombre de la “promoción
64” y de vez en cuando evoco tu apoyo, Walter, porque sé que allá en el cielo estas tú
siempre vigilante, como lo están muchos alfeñique como tú “alfeñiques de
corazón” que cuando tengamos que partir tendremos en la puerta del cielo a los
grandes abogados de nuestra promoción quienes con sus recursos leguleyos nos
hará entrar por la puerta grande o por la ventana al esperado reino celestial.
También recordemos que podemos “tirar nube” como cuando “tirábamos muro” para
no llegar tarde o para salir sin ser vistos del colegio. Y si pudimos burlar la
vigilancia del “buen Aniceto” y de nuestros auxiliares, también podremos
hacerle el avión al propio San Pedro. Pero, con toda seguridad que en la puerta
de la luz interminable que conduce al mismo cielo, encontraremos una jarana criolla
o un grupo de amigos cantando el himno de la I”, como cuando lo hacíamos en el
patio de nuestro colegio.
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