viernes, 26 de junio de 2020

Cuento: Promoción 1964 ,ANTONIO VARGAS


CUENTO: AMIGOS HASTA DESPUES DE LA MUERTE
Autor: Antonio Vargas Oblitas
Promoción 1964
Ahora que pretendo escribir esos momentos vividos, en las que espontáneamente fuimos   amigos, ¡recordado Walter Villavicencio!. Nos conocimos y no buscamos
conceptos ni definiciones de lo que es la amistad, solo fuimos amigos así  como dijo Aristóteles  “ser amigo es una sola alma habitando en dos cuerpos”, y no caminaste delante mío porque yo no te seguía, y tú tampoco me seguiste porque yo no fui tu líder, solo caminamos uno al lado del otro, es decir, fuimos amigos y nuestras travesuras de adolescentes y las vivencias de adultos las vivimos y es cierto que sí, algunas veces tuvimos fallas nos llamamos mutuamente la atención sin buscar castigos ni aplausos y aprendí mucho de ti y probablemente algo aprendiste de mi porque fuimos más que amigos ¡hermanos!  Es así que ahora escribo para ti, este cuento de lo que vivimos.
ALFEÑIQUES EN EL CORAZÓN DEL PUEBLO
¡Todo empezó una semana de marzo de 1960!
Transportados por la magia del tiempo, un grupo de asustados palomillas, descendientes de la noble y volcánica Arequipa, salidos de las tradicionales escuelas de la ciudad, como aquellas conocidas por el nombre de sus directores: Cachito Rivera, la de Guillen de Tingo, o los Puputis de Gilberto Ochoa en la Ranchería. Con la energía de ser hijos legítimos del Señor Misti ingresábamos, después de riguroso examen, a las aulas del “Colegio Centenario Independencia Americana”
La voz de los alto parlantes del pabellón central, anunciaban con alegría nuestros nombres, seleccionados después de nuestro primer triunfo en la lucha por la vida.
¡Hoy después de más medio siglo!
Lleno de emoción me doy cuenta que esta,  nuestra primera trinchera de lucha me sigue iluminando como en el primer día, en el salón de actos, donde fuimos reunidos y en donde resuena todavía en mis oídos la voz del buen maestro Alberto Ugarte que nos decía… ¡saben ustedes dónde han ingresado! ¡Han ingresado al Glorioso Colegio Independencia Americana…!
Medio siglo que han dejado huellas en mí y en mis compañeros y nos convierten en pasas dulces como los exquisitos alfeñiques, pero siempre impregnados con la misma mística independiente  de corazón, con la misma sed revolucionaria, de justicia, paz y libertad que sembraron nuestros maestros de antaño, los doctores de educación, cariñosamente recordados como el Mono Bejarano y su hermano Rapidol, el doctor Pedro Luís que nos mandaba al paredón de fusilamiento si no sabíamos la lección, el Seco Ponce, el Cuche Montesinos, Ernesto Carrasco, Pinocho Martínez y muchos más que con su ejemplo, humildad y lealtad  nos enseñaron a enarbolar las banderas albas independientes para alcanzar nuestros soñados ideales.
¡Niños de ayer, hombres de hoy!
Como recuerdo con añoranza nuestros gloriosos desfiles en que trescientos cincuenta bulliciosos alfeñiques de la promoción irrumpíamos con nuestros pasos, marciales y gallardos, nuestro ingreso por la Pontezuela de la Plaza de armas, arrancando los aplausos del pueblo arequipeño, que no olvidaba la sangre derramada y resarcía heridas de la trágica huelga del cincuenta. ¡Ahí viene la I! De los cuatro portales caían flores sobre nuestra impecable lanilla independiente, mientras marchábamos rezagados los mascota,  como olvidar al chato Gustavo Rivera a Huertas, a Caballero a Oblitas, al Sachaquita Juan y al querido amigo de todos los tiempos Walter Villavicencio Lazo, quienes enredados en los corazones de las lindas golondrinas de la Asunción, y envueltos en las capas de las hermosas Huayruras del Corazón de Jesús, arreglando nuestra cristina caqui perdíamos el paso, poniendo así la nota pintoresca al desfile bajo las notas musicales de nuestra querida  marcha “La Marina”.
¡La nostalgia aborda mis recuerdos!
Traigo a mi mente nuestras mataperradas estudiantiles en la Climática de Mollendo: Nuestra partida de la estación del ferrocarril, sentíamos que el alma se enternecía y el corazón latía precipitadamente en cada estación donde el tren se detenía. Al mando siempre de tan singular ejército estudiantil iba nuestro querido maestro Pinocho. Días felices fueron nuestra estancia en el “Puerto Bravo” en donde florecía ya, nuestra incipiente vocación profesional. Veranos calurosos, pasamos protegidos por el “Castillo Mollendino” envueltos en inocentes y bellas fantasías y arrullados por las olas rítmicas del mar nos adormecíamos llenos de ilusión y de ensueño.
¡Despertamos al estallido de un fuerte camaretazo!
Retumba todavía en mis oídos las voces de nuestros compañeros: Jorge Sotelo, Santa Cruz, Ampuero Marroquín, Callo Quispe, Walter Villavicencio y otros, quienes encendidos por el fuego de “Antorcha”, Radio periódico estudiantil, salimos en defensa de nuestros legítimos derechos en la inolvidable huelga de 1963, donde conseguimos el primer ómnibus en la historia de nuestro colegio. Ese mismo fuego de antorcha sigue perennemente prendido en mi corazón y me conduce por los caminos del recuerdo en donde enarbolamos siempre nuestras banderas reivindicativas, verdaderos estandartes gloriosos que jamás serán arriados por nuestra generación, ya que por siempre escribiré con orgullo volcánico: “El que entra al colegio Independencia jamás sale de él. Prefiere morir de pie que vivir de rodillas.                                                                    
ASÍ EN EL CIELO COMO EN LA TIERRA INDEPENDIENTE SOY DE CORAZÓN
Corría el año de 1962 tan velozmente como el cometa Halley, que una mañana cruzó el cielo azul de nuestra blanca ciudad y nos dejó un sueño que más tarde se convirtió en una realidad. Así pasaron nuestros días tan rápido como ese cometa, dejando en nuestras almas un sello de añoranzas de aquella nuestra vida, en las sagradas aulas de nuestro colegio.
 Éramos los alumnos del tercero “fe” y no del tercero “f”, pues hasta en eso éramos singulares, que arrodillados en el patio parecíamos verdaderos arcángeles de Dios y no los mataperros alfeñiques del ayer. Allí el más contrito, puro y angelical era mi buen amigo Walter, después del ayuno casi obligado esperaba con ansia la bendita comunión, a su lado como de costumbre su amigo y hermano del alma “yo Antonio”, pues nos disponíamos en santa eucaristía a recibir la sagrada forma convertida en el cuerpo de Jesús.
Todos ansiosos de esta nueva experiencia. Los más de mil alumnos convertidos en un batallón de ángeles celestiales esperábamos la llegada del recordado “Padre Rivera”, quien, como enviado divino de la misma catedral, haría el milagro de convertir aquellos adolescentes demoniacos de callejón en el manso rebaño de Dios, ¡esperaba redimirnos! Allí estábamos con el alma pura, el inocente corazón preparado para tan solemne acto de contrición, ya había llegado por fin el momento esperado, después de una semana de un severo y riguroso lavado del alma a que estábamos sometidos.
Uno a uno nos acercábamos con reverencia y devoción y recibíamos la comunión que nos hacía dignos de la mirada de Dios y también una tarjeta que nos hacía merecedores a una buena ración de fruta que nos regalaba el colegio para premiar nuestra abnegada conversión.
Aquella mañana inolvidable, mi amigo de todos los tiempos Walter acelera el paso y aquella alma pura y sin pecado nuevamente lo veo en la cola de la comunión, por segunda vez, junto a los convertidos palomillas huelguistas por tradición del cuarto de secundaria, otra vez su carita de ángel o Luzbel, cara de niño alfeñique al fin. Me llama con señas y allí estoy yo al lado de mi mejor amigo dispuesto a comulgar nuevamente y por consiguiente a recibir la segunda tarjeta de fruta que abriría el ensueño de endulzar nuestro desfalleciente estómago, obligado en esta oportunidad a un ayuno no acostumbrado.
Nos disponíamos a ir a nuestros hogares cuando de pronto Walter regresa al colegio y entrega la bolsa de fruta, adquirida sin merecerlo, al más pobre de nuestros compañeros y yo también para salvar mi alma del pecado tuve que entregar mi bolsa, aunque no lo hice de buena gana, después de hacerlo sentí satisfacción.
Pasaron los días y como fervientes hijos de la mamita de Chapi, Patrona de nuestro colegio, fuimos a confesarnos al padre Rivera, de nuestro repudiable sacrilegio. Nos recibió y escuchó sonriente nuestro relato y para sorpresa nuestra, nos dijo: ¡Dios desde el cielo seguro que se ha reído de la broma de este par de rapazuelos alfeñiques y ya los ha perdonado como yo los perdono ahora!
 Así transcurrieron los días en nuestro colegio entre risas y alegrías y también grandes preocupaciones por aprender y ser mejores y alcanzar nuestros logros y entregarlos a nuestra alma mater “Independencia Americana”
Ya en la Universidad nuestra amistad continuó y se fue fortaleciendo aún más cuando
empezamos a asistir a la asociación de ex alumnos y a las olimpiadas que se empezaron a organizar entre promociones del Colegio independencia, buscando siempre poner en alto a la promoción 64 , “Nuestra promoción” y de esos años tengo muchas anécdotas y recuerdos
que hoy se agolpan en mi mente y siento emociones encontradas a veces de alegría ante nuestros éxitos o de nostalgias de nuestros fracasos, pero siempre allí, porque como alguien lo dijo y así lo sentimos “el que entra a este colegio nunca sale de él”
PARTICIPANDO DE LAS OLIMPIADAS DE EX ALUMNOS DEL COLEGIO INDEPENDENCIA AMERICANA (AECNIA)
Solo me permitiré contar una anécdota de estas olimpiadas en que participábamos en natación y tú tenías que competir en el estilo pecho:
Recuerdas Walter que después de muchos y cansados entrenamientos, siempre bajo mi atenta mirada y recomendación:
¡No te olvides del pateo en el estilo pecho, Walter! 
Cuando  juntos entrenábamos en las cristalinas aguas de la piscina
de los “Carpayitos”, bajo la sombra de las gigantescas palmeras tingueñas, poníamos de manifiesto todo el coraje y la valentía del ex alumno alfeñique para defender a nuestra promoción 64, especialmente ese año en que ¡estábamos de “Bodas de oro!
Por fin llegó el día esperado, ambiente de fiesta concitaba la presentación de los nadadores de antaño: Tingueños legítimos, donde destacaba la figura arrogante noble y señera de mi mejor amigo Walter Villavicencio Lazo.
Colocados en sus respectivos poyos de partida están los nadadores palomillas de ayer, esperando el pitazo del juez que indicara la señal de partida. Expectativa general en las tribunas. Silencio total en las abarrotadas galerías y periodistas prestos a coger la noticia. Ese era el ambiente que se vivía en aquella inolvidable tarde de junio.
Se escuchó la señal de partida. Seis veloces nadadores se tiraron al agua dispuestos a conseguir la preciada medalla, parecían finos delfines que cortaban el agua, la que respetuosa y prudente les abría el camino de la consagración. ¡Adelante, siempre adelante! ibas querido amigo con el aliento de nuestra promoción, que en ningún momento dejaba de repetir tu nombre.
-          ¡Walter! ¡Walter!
 Pero ocurrió lo inaudito, lo que no podía creer, ante mis ojos tú, nuestro héroe, ibas perdiendo ubicación, ante la manifiesta desesperación de toda nuestra promoción. Uno a uno te fueron pasando los nadadores de las otras promociones hasta que quedaste en el último lugar de la competencia.
Sin poder guardar la pena y cólera que me invadía ese momento me acerqué y te increpé tu mala actuación diciéndote:
-                      ¡No te he dicho que patees¡¡que no dejes de patear en el estilo pecho!
La respuesta que me diste fue la más inesperada, que hasta hoy día retumba en mis oídos:
- ¡Y yo no te he dicho más de una vez, que, a mis años, de la cintura para abajo todo está muerto!
Los periodistas testigos de esta anécdota rieron con tantas ganas que este recuerdo ha quedado impreso para toda mi vida, y que a ti de seguro que te hace sonreír donde estés. 
“¡CUANDO UN ALFEÑIQUE MUERE, NUNCA MUERE!”.  
Y desde la trascendencia que deja en mi alma aquel triste recuerdo de tu partida, en aquella fría mañana de “Viernes Santo” cuando se rasgó en mi alma el velo negro que cubría los altares de las iglesias en señal de agonía y redención, ante la noticia fatal de tu increíble postración en una de las camas de cuidados intensivos de un conocido hospital, ahí estabas como esperando una última visita, más esto no lo pude ni siquiera imaginar y al verte así, casi risueño te dije “yo repartiendo los oficios de la promoción y tú bien echadito sin hacer nada” ¡ y la “I”?...
Al escuchar la “I” haciendo un acopio de todas tus fuerzas, estiraste tu mano cogiendo la mía fuertemente y soltándola poco a poco espiraste apaciblemente dejando una huella imborrable en mi corazón y en el camino que tú mismo construiste y ahora yo lo tengo que continuar, como independiente, hasta el triunfo final.
Y en muchas tarde de verano Arequipeño en que el cielo se nubla y de pronto comienza a llover, he sentido la nostalgia por los “alfeñiques que gozan del reino inconmensurable de  la luz””  y  de  las vivencias  de  adolescentes  junto  con   ustedes compañeros de la “I” ¡junto a ti amigo Walter Villavicencio! y pienso: “Y  aun  cuando  te  deje  la
vida, no temas, cuenta conmigo alfeñique, que yo siempre te recordaré y contigo estaré”, fue una promesa que te hice en tu lecho de agonía, cuando sentí tu último aliento a través de un fuerte apretón de manos que me diste al partir a la eternidad, después de escuchar la palabra, “Independencia”. Walter Villavicencio “amigos hasta después de la muerte”.
Y ahora continuamos con las olimpiadas, pese a las diversas circunstancias que nos presenta la vida, ahí estamos siempre defendiendo el nombre de la “promoción 64” y de vez en cuando evoco tu apoyo, Walter,  porque sé que allá en el cielo estas tú siempre vigilante, como lo están muchos alfeñique como tú “alfeñiques de corazón” que cuando tengamos que partir tendremos en la puerta del cielo a los grandes abogados de nuestra promoción quienes con sus recursos leguleyos nos hará entrar por la puerta grande o por la ventana al esperado reino celestial. También recordemos que podemos “tirar nube” como cuando “tirábamos muro” para no llegar tarde o para salir sin ser vistos del colegio. Y si pudimos burlar la vigilancia del “buen Aniceto” y de nuestros auxiliares, también podremos hacerle el avión al propio San Pedro. Pero, con toda seguridad que en la puerta de la luz interminable que conduce al mismo cielo, encontraremos una jarana criolla o un grupo de amigos cantando el himno de la I”, como cuando lo hacíamos en el patio de nuestro colegio.


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