miércoles, 17 de junio de 2020

Cuento: Promoción 1994

Título: "El equívoco"
Género: Cuento
Autor: Prof. Javier Quispe Gamboa
Promoción: 1994
Argumento: Trata acerca de las emociones de un estudiante de la "I" al ser cambiado a otra sección en su quinto de secundaria y ello trae consigo observar cómo un profesor de física ingresa a su clase y empieza a preguntarse acerca del temor y el afrontar los problemas. Un recuerdo de los maestros que pasaron por esta promoción. 


EL EQUÍVOCO
“Me equivoqué, no era esta clase, las disculpas del caso”… Al rato ingresó por esa puerta.
- ¡No lo permitiremos!
- Con el respeto que usted se merece señor auxiliar ¡No lo vamos a permitir!
- ¿Sí o no compañeros?
Hubo alboroto en la clase, Gorce y Mado, entre otros; se habían dirigido a todos exponiendo sus argumentos para que no cambien a cinco compañeros de su salón; ya el año pasado se había logrado que no lo hagan.
Algunos se quedaron impávidos, otros tristes y otros tantos incrédulos.
Ganoa se sentó donde habitualmente lo hacía, a un costado de Delgado en la tercera fila del centro, mientras escuchaba las palabras del auxiliar muy atentamente y con unas ganas únicas de rebelarse, fue tanto el alboroto que poco más y se atrincheraban para no salir.
- ¡Si no van, todos serán castigados!
- Tienen que ir, son órdenes de Dirección.
Hubo nuevamente murmullos; Ganoa agarró la única mochila que tenía, comprada con su trabajo extra los fines de semana, con una tristeza inimaginable; claro, debía dejar a aquellos amigos de tantos años, con los cuales compartió toda una vida desde el nivel inicial en una escuelita allá por el mercado el Palomar con el nombre de las pioneras de la educación inicial en el Perú, las hermanas Emilia y Victoria Barcia Bonnifatty. Caminaron los cinco elegidos por el pasillo del segundo piso, mientras dejaban atrás, en aquella aula, recuerdos de cuatro años imborrables de: osadías, travesuras, amistades hechas, solidaridad y confianza.
El salón se ubicaba en el segundo piso del “pabellón norte”, la típica clase con un piso de parquet, que en algunas secciones solía despegarse, donde los retazos usualmente servían como reglas para subrayar; tenía su altillo donde subía el docente a dar sus lecciones, a un costado se ubicaba su pupitre, que casi siempre solía ser una mesa que hacía las veces de carpeta y allí; a un costado, las clásicas pizarras verdes para tiza y mota, las cuales eran el insumo para producir polvaredas y manchas blancas de tiza en los uniformes plomos que usaban los alumnos allá en los noventas, mientras los docentes llegaban. Había dos ventanas colindantes con la avenida Independencia donde algunos se quedaban observando, esperando el momento para salir; ventanas históricas que aún están plasmadas en fotos de la Revolución del 50.
 Los hicieron pasar en fila; el auxiliar, un tipo fornido y alto los dirigía al nuevo lugar donde iban a estudiar, allí esperaban compañeros de otras secciones, ingresaron y el ambiente era tenso, había miradas y también desconcierto, era como pegar un rompecabezas a la fuerza, que ya con el tiempo debía armarse; en esa complejidad de emociones surgía la pregunta:
- ¿Quién enseñará física?
- Vilardo,  Huanco, Dandier, ¿Ustedes saben? No.
- ¿Reynaldo, Paco?... No decían nada
-  ¡En la “A” no enseña! Dijeron por ahí.
- ¡Tranquilos compañeros! Estamos preparados venga quien venga – decían los matemáticos.
Algunos se miraban entre sí por la incertidumbre que se empotraba en cada pared y en cada minuto que pasaba.
Al día siguiente Ganoa veía de lejos y con una melancolía que solo puede sentir un adolescente de quinto de secundaria a su antigua sección. Era el día esperado, según el horario entregado, “tocaba Física” y el temor volvió a embadurnarse en su escarapelado cuerpo.
Ya desde primero de secundaria escuchó algunos rumores:
- ¡Qué no te toque!
- ¡No tienes vida con él! ¡Pobre de ti!
- ¡A algunos los ha sacado a puntapiés de la clase! Decían.
La clase estaba sosegada, un silencio inédito había al ver pasar profesores por esa ventana, los cuales de reojo los miraban y les daban los ¡Buenos días! Mientras Ganoa seguía observando su antigua clase refunfuñando interiormente por la suerte que le había tocado y dándose mensajes de aceptación y resiliencia ante el presente que le tocó vivir.
¡PUUMM! ¡PUUM! Se sintieron pasos, las ventanas temblaron, la clase estuvo nuevamente en silencio sepulcral atentos a saber lo que iba a pasar…   De pronto; una silueta de un hombre alto, grueso, con un andar pausado y engallado; voz fuerte y sonora, que llevaba sus libros debajo de los hombros y con la cabeza altiva  asoma por aquella puerta de madera café de dos piezas, ingresa rápidamente con un par de pasos y pregunta eufórica y repentinamente:
-          ¿Este es 5to C?
-          ¡No profesor! Respondieron todos al unísono, atónitos por la entrada de quien estuvieron esperando.
-          ¡Perdón muchachos, me equivoqué! Y se fue…¡UFFFF!
Bulla, jolgorio, hurras y sonrisas - ¡Nos salvamos decían algunos! - Ganoa aún estaba sorprendido y  pausadamente dibujó en su rostro una gran sonrisa cómplice.
No se habían terminado las celebraciones…
-          ¡Disculpen jóvenes, me equivoqué! ¡No era quinto C, era  aquí en quinto D!
-          ¡Buenos días!
Todo terminó en un instante.
No hubo lamentos; solo resignación… Quizás aquel ingreso significaba organizar bien el tiempo, realizar ejercicios eternos y madrugadores para los alumnos que no dominaban números, reunirse en distintas casas para poder trabajar en equipo, volverse asiduo espectador de Leopoldo Fernández “Tres Patines” a las doce de la noche, pedir ayuda a algunos amigos universitarios del barrio para poder cumplir con las actividades o enfrascarse en una aventura que implicaba retos y saber hasta dónde podemos llegar; cada uno de ellos lo tomó según sus habilidades y la propia situación en la que vivía…
Ganoa observó por última vez su sección desde lejos, recordando a los amigos que dejaba atrás; tomó las riendas de su vida y pensó que sería complicado todo, pero es bueno vivir momentos nuevos y encontrar amigos que en la posteridad también serían parte de su existencia.

Aquel profesor les enseñó un mes, luego se retiró de la docencia y dejó en ellos otra  incertidumbre: ¿Qué hubiese pasado si les enseñaba todo el año? Se podría contar otras historias; pero eso quedó en la intimidad de un grupo de muchachos que tuvo la suerte de tener dignos maestros, los cuales impartían sus enseñanzas de acuerdo a la época que les tocó trabajar, pero que les enseñaron el valor, la identidad y responsabilidad de ser estudiantes del Glorioso Colegio Nacional de la Independencia Americana.

Pedazo de juventud gloriosa, maestros insignes, Colegio eterno de los mil y un recuerdos, lleno de pasiones académicas, inmadurez y regocijo amical;  lugar donde vivimos gran parte de nuestra vida, claustros que ahora no están; pero que allá, debajo de ese suelo actual, están impregnadas las huellas históricas de muchas almas juveniles que supieron conquistarse y erigirse en grandes personas.

                                                                     Autor: Javier Quispe Gamboa
                                                                                              Promoción 1994




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