AUTOR : JIMY CHOCANO VIZARRETA
PROMOCION : 2001
LA RESPUESTA
El sonido incesante de
la alarma lo arrancó del sueño revelador. A tientas, buscó sobre la mesa de
noche el celular que timbraba marcando las seis de la mañana. Algunos
fragmentos de la respuesta aún se aferraban a su memoria. Cuando finalmente
localizó el aparato lo desactivó y trató de retornar a los brazos de Morfeo. Se
acomodó, probando en distintas posturas, pero solo rescató la calidez de las
frazadas y la suavidad del colchón. El sueño había escapado dejando algunas
huellas y el anhelo por saber: ¿qué pasó al final?
Algo amodorrado me levanté de la cama y, de manera casi instintiva, puse agua en el hervidor. Alisté el café y saqué el pan tostado que sobró. Tomé el control y encendí el televisor. Aún no podía despejar mi mente, sabía que la conexión entre la pregunta y la respuesta se encontraba al final del sueño interrumpido. Inútilmente buscaba una pista que me ayudara a recordar. Después de recorrer algunos canales, dejé que las noticias locales de la pandemia desfilaran frente a mí. Así, el noticiero de la mañana se convirtió en el agrio compañero del café cargado y las tostadas con manjar. En un momento determinado mi corazón dio un brinco cuando pasaron a un enlace en directo para reportar el panorama desde las principales calles de la ciudad. El periodista comenzó a desplazarse por las calles de IV Centenario comentando algo a lo que no le presté mucha atención, tomó la avenida principal y enfocó la fachada del Colegio Nacional Independencia Americana en donde flameaban tres banderas. En ese momento la realidad se desenfocó y cabalgué sobre el recuerdo onírico.
Algo amodorrado me levanté de la cama y, de manera casi instintiva, puse agua en el hervidor. Alisté el café y saqué el pan tostado que sobró. Tomé el control y encendí el televisor. Aún no podía despejar mi mente, sabía que la conexión entre la pregunta y la respuesta se encontraba al final del sueño interrumpido. Inútilmente buscaba una pista que me ayudara a recordar. Después de recorrer algunos canales, dejé que las noticias locales de la pandemia desfilaran frente a mí. Así, el noticiero de la mañana se convirtió en el agrio compañero del café cargado y las tostadas con manjar. En un momento determinado mi corazón dio un brinco cuando pasaron a un enlace en directo para reportar el panorama desde las principales calles de la ciudad. El periodista comenzó a desplazarse por las calles de IV Centenario comentando algo a lo que no le presté mucha atención, tomó la avenida principal y enfocó la fachada del Colegio Nacional Independencia Americana en donde flameaban tres banderas. En ese momento la realidad se desenfocó y cabalgué sobre el recuerdo onírico.
La clase había terminado y con el sonido de la sirena
se anunciaba la hora del recreo. La muchachada emanaba de los distintos
pabellones y poblaba rápidamente los espacios de esparcimiento. Los quioscos
eran tomados con exigencia por sedientos y hambrientos adolescentes, los
peloteros escogían a los que jugarían el partido de turno; y otros grupos se
dispersaban entre los pasillos, el comedor y la biblioteca.
Allí me encontraba yo, acompañado de "el perro" Araujo y "el mantequilla" Gonzales. Recorriendo los pasillos poco frecuentados. Ser un estudiante y no conocer por completo tu colegio es imperdonable; pero en un colegio tan grande y diverso como el Independencia Americana, es posible. Después de esquivar algunas advertencias de “zona restringida” llegamos a un pequeño patio ubicado entre el comedor y la biblioteca, lugar donde se acumulaba una buena cantidad de objetos apilados y en desuso. Entre libros antiquísimos, archivadores empolvados, carpetas viejas, pizarras rotas y otros muebles de apariencia lastimera se registraban múltiples inscripciones que contaban la historia en silencio: “Loor y gloria a los hombres de antaño”, “La I la I la I”, “Viva la revolución del 50”, “Campeones de nuevo”, “Arequ(I)pa”, “todavía soplamos”, “alfeñiques de corazón”, etc. Y cuando llegábamos al final de nuestra exploración…
Emocionado, regresé a mi habitación y busqué el uniforme caqui. Al encontrarlo tuve la sensación de que en algún lugar comenzaba a tocar una banda sinfónica. Mientras me ponía el uniforme la sensación era más clara. Finalmente ajusté la corbata, encajé la cristina y enganché la insignia de cuero. Una melodía que después de muchos años volvía a escuchar nítidamente. Era el himno del colegio que mi corazón independiente entonaba con la acostumbrada solemnidad. Me coloqué en posición de firmes mirando el horizonte hasta el final. En ese momento dos lágrimas surcaron mis mejillas pues había encontrado la respuesta que fue interrumpida… Al final de nuestra exploración, después de haber escuchado la historia, encontramos una pared que contenía una inscripción que fue escrita con el don de la profecía y que sobrevivió al tiempo: "Quien entra a este colegio jamás sale de él".
Allí me encontraba yo, acompañado de "el perro" Araujo y "el mantequilla" Gonzales. Recorriendo los pasillos poco frecuentados. Ser un estudiante y no conocer por completo tu colegio es imperdonable; pero en un colegio tan grande y diverso como el Independencia Americana, es posible. Después de esquivar algunas advertencias de “zona restringida” llegamos a un pequeño patio ubicado entre el comedor y la biblioteca, lugar donde se acumulaba una buena cantidad de objetos apilados y en desuso. Entre libros antiquísimos, archivadores empolvados, carpetas viejas, pizarras rotas y otros muebles de apariencia lastimera se registraban múltiples inscripciones que contaban la historia en silencio: “Loor y gloria a los hombres de antaño”, “La I la I la I”, “Viva la revolución del 50”, “Campeones de nuevo”, “Arequ(I)pa”, “todavía soplamos”, “alfeñiques de corazón”, etc. Y cuando llegábamos al final de nuestra exploración…
Emocionado, regresé a mi habitación y busqué el uniforme caqui. Al encontrarlo tuve la sensación de que en algún lugar comenzaba a tocar una banda sinfónica. Mientras me ponía el uniforme la sensación era más clara. Finalmente ajusté la corbata, encajé la cristina y enganché la insignia de cuero. Una melodía que después de muchos años volvía a escuchar nítidamente. Era el himno del colegio que mi corazón independiente entonaba con la acostumbrada solemnidad. Me coloqué en posición de firmes mirando el horizonte hasta el final. En ese momento dos lágrimas surcaron mis mejillas pues había encontrado la respuesta que fue interrumpida… Al final de nuestra exploración, después de haber escuchado la historia, encontramos una pared que contenía una inscripción que fue escrita con el don de la profecía y que sobrevivió al tiempo: "Quien entra a este colegio jamás sale de él".
Jimy
Chocano Vizarreta
PROMOCIÓN
2001
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