viernes, 19 de junio de 2020

Cuento: Américo Rosas Fernández Delgado Promoción 1973.

ALFEÑIQUE
Las definiciones no concuerdan con su esencia humana y por eso se hizo inmortal desde su aparición, con cuatro sílabas y nueve inconfundibles letras que lo han convertido en mensaje de valentía, honor y gallardía.
Alfeñique, como autoglotónimo de insulto y ofensa apareció en el sánscrito de la India, para convertirse en vocablo de sonido claro y agradable, desde pasada la primera cuarta parte del Siglo XIX.
Como todos los alfeñiques de casi dos siglos de existencia, el primero recorrió terreno persa, incursionando luego en el árabe clásico, saltó ágilmente al árabe hispánico y por fin se cobijó en el castellano.  
Por su actitud revolucionaria lo definieron como forma de barra, elaborada con azúcar cocida hasta convertirlo en turrón con limón y lleno de almendras.
Como tradicional barrita o en forma de pelotita y bajo la imagen de un animalito, Alfeñique es preferido en toda celebración jubilar.
Sin Alfeñique no hay fiesta dijeron en México, luego que algunos graciosos lo presentaron en forma de ataúd y calavera. El cura que se alistaba para una misa por el día de los difuntos, al ver las caras de agonía de los fieles, ordenó consumir la golosina y los semblantes de tristeza y melancolía se transformaron en felices rostros de júbilo y alegría.     
Antes de escapar de México, Alfeñique se transformó en forma de corona, cruz, carroza y adoptó hasta la imagen de venado.
Buscando su casa, llegó a Centroamérica donde le agregaron semillas de calabaza, maní, azúcar y huevo. Este último producto lo hizo más valiente y para retenerlo lo embebieron en miel y chocolate.
Estaba por cruzar el canal de Panamá y se enteró que en Toluca lo recordaban tanto que instauraron un museo con su nombre y como tradición gastronómica, para conservar su valor interactivo, donde mucha gente asistía para recordarlo como parte del taller artesanal, como patrimonio intangible, como tradición compartida y como parte de la historia misma.
Era tal su fama, que muchos buscaban el origen de Alfeñique como dulce golosina y lo ubicaban en el período clásico, otros afirmaban que apareció en la época precolombina elaborado con masa de maíz, miel de maguey y miel de abejas silvestres como homenaje al día de los muertos.
Después de confuso peregrinaje se asomó al Perú, como individuo flaco, débil y de escaso desarrollo físico, a tal punto que se escuchaban murmuraciones sobre su desnutrición e imposibilitado para escalar montañas, en tiempos que todos estaban acostumbrados a mirar jóvenes fortachones y vigorosos.
Al pasar por el caserío “La Ollería” de Ayabaca en el departamento de Piura, le tendieron una mano para recuperarlo y lo envolvieron en hoja de plátano logrando reanimarlo un tanto y hasta lo declararon “Turrón Inca”. No le gustó el título y aún convaleciente siguió camino a la Capital.  
Al pasar por Lima, Alfeñique recibía muestras de compasión y pena, a tal punto que los españoles de linaje ni lo tomaron en cuenta en sus fiestas y con el fin de sepultarlo con sus inconfundibles propiedades de dulzura y alegría, decidieron ordenar que, en la ciudad de Andalucía, acuñen su identidad a una planta de nombre Valeriana, así le quitaban el abolengo de macho, valiente, inquieto y dulce, preferido por hombres y mujeres; y como delicia de niños y adolescentes.
Al poco tiempo se hablaba de Alfeñique como remedio para calmar la ansiedad, combatir el estrés y minimizar varias dolencias. Recibía elogios y reconocimientos de solteras y casadas por aliviar sus males, también lo halagaban futboleros y abuelos por curar el reuma y las contracturas.
No alcanzaba la fama soñada y fue informado que al Sur había una tierra semejante al Paraíso, inspiró fuerte tres veces, sacudió sus hombros, flexionó las piernas y cual aventurero decidió viajar al Sur del Perú.
A paso firme, atravesó desiertos, subía llanuras buscando contacto con el cielo para beber agua pura de las nubes y saludarse con el sol al amanecer de cada día. Luego y a la carrera bajaba a las playas para refrescar sus extremidades con el agua marina. Delicias dulces y saladas salían a su encuentro en el camino, invitándolo a quedarse, sin convencerlo.
Agotado por el largo viaje a lo lejos miró un letrero con la inscripción Arequipa en letras blancas y fondo verde que le infundió ánimo y sin tregua en su andar apuró el paso, convencido que era el lugar soñado.     
Caravelí, Ocoña y Camaná pasaron para subir la cuesta y al arribar a la Plaza de Armas, se paró frente al Tuturutu para preguntarle por los mejores jóvenes de Arequipa y al son de trompeta desde lo alto el soldadito de bronce respondió: “están en el Colegio de las Ciencias y las Artes de la Independencia Americana”.
Alfeñique analizó su figura y era diferente a la que dejó a lo lejos, ahora se veía atlético de frente altiva, con enigmática sonrisa y carácter indomable. Forzando el recuerdo ¿dónde se produjo el cambio?, llegó a la conclusión que fue en la subida del camino y con seguridad resuelta dijo: “soy producto de una casta y no de una cuesta”.
Fatigado por semejante viaje, Alfeñique se recostó junto a la Iglesia de San Agustín abrazado de una botella de miel de caña de azúcar de Chucarapi, tomando forma retorcida hasta quedar en profundo sueño y desde entonces sale como réplica en incontables cantidades para deleite de la ciudadanía que al grito guerrero anuncia: “!ahí viene la iii!!! y a paso marcial los alfeñiques pasan por calles y avenidas, recibiendo aplausos interminables que se gratifican con la mítica golosina que sale de los bolsillos de los estudiantes para deleite y el buen gusto de quienes lo reciben.
(SOLIDARIO – Promoción 1973)     


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