ALFEÑIQUE
Las definiciones no concuerdan con
su esencia humana y por eso se hizo inmortal desde su aparición, con cuatro
sílabas y nueve inconfundibles letras que lo han convertido en mensaje de
valentía, honor y gallardía.
Alfeñique, como autoglotónimo de
insulto y ofensa apareció en el sánscrito de la India, para convertirse en vocablo
de sonido claro y agradable, desde pasada la primera cuarta parte del Siglo XIX.
Como todos los alfeñiques de casi
dos siglos de existencia, el primero recorrió terreno persa, incursionando
luego en el árabe clásico, saltó ágilmente al árabe hispánico y por fin se cobijó
en el castellano.
Por su actitud revolucionaria lo
definieron como forma de barra, elaborada con azúcar cocida hasta convertirlo
en turrón con limón y lleno de almendras.
Como tradicional barrita o en
forma de pelotita y bajo la imagen de un animalito, Alfeñique es preferido en
toda celebración jubilar.
Sin Alfeñique no hay fiesta
dijeron en México, luego que algunos graciosos lo presentaron en forma de ataúd
y calavera. El cura que se alistaba para una misa por el día de los difuntos,
al ver las caras de agonía de los fieles, ordenó consumir la golosina y los
semblantes de tristeza y melancolía se transformaron en felices rostros de
júbilo y alegría.
Antes de escapar de México,
Alfeñique se transformó en forma de corona, cruz, carroza y adoptó hasta la
imagen de venado.
Buscando su casa, llegó a Centroamérica
donde le agregaron semillas de calabaza, maní, azúcar y huevo. Este último
producto lo hizo más valiente y para retenerlo lo embebieron en miel y
chocolate.
Estaba por cruzar el canal de
Panamá y se enteró que en Toluca lo recordaban tanto que instauraron un museo con
su nombre y como tradición gastronómica, para conservar su valor interactivo,
donde mucha gente asistía para recordarlo como parte del taller artesanal, como
patrimonio intangible, como tradición compartida y como parte de la historia
misma.
Era tal su fama, que muchos
buscaban el origen de Alfeñique como dulce golosina y lo ubicaban en el período
clásico, otros afirmaban que apareció en la época precolombina elaborado con
masa de maíz, miel de maguey y miel de abejas silvestres como homenaje al día
de los muertos.
Después de confuso peregrinaje se
asomó al Perú, como individuo flaco, débil y de escaso desarrollo físico, a tal
punto que se escuchaban murmuraciones sobre su desnutrición e imposibilitado para
escalar montañas, en tiempos que todos estaban acostumbrados a mirar jóvenes
fortachones y vigorosos.
Al pasar por el caserío “La
Ollería” de Ayabaca en el departamento de Piura, le tendieron una mano para
recuperarlo y lo envolvieron en hoja de plátano logrando reanimarlo un tanto y
hasta lo declararon “Turrón Inca”. No le gustó el título y aún convaleciente
siguió camino a la Capital.
Al pasar por Lima, Alfeñique
recibía muestras de compasión y pena, a tal punto que los españoles de linaje
ni lo tomaron en cuenta en sus fiestas y con el fin de sepultarlo con sus
inconfundibles propiedades de dulzura y alegría, decidieron ordenar que, en la
ciudad de Andalucía, acuñen su identidad a una planta de nombre Valeriana, así
le quitaban el abolengo de macho, valiente, inquieto y dulce, preferido por
hombres y mujeres; y como delicia de niños y adolescentes.
Al poco tiempo se hablaba de
Alfeñique como remedio para calmar la ansiedad, combatir el estrés y minimizar
varias dolencias. Recibía elogios y reconocimientos de solteras y casadas por
aliviar sus males, también lo halagaban futboleros y abuelos por curar el reuma
y las contracturas.
No alcanzaba la fama soñada y fue
informado que al Sur había una tierra semejante al Paraíso, inspiró fuerte tres
veces, sacudió sus hombros, flexionó las piernas y cual aventurero decidió viajar
al Sur del Perú.
A paso firme, atravesó desiertos,
subía llanuras buscando contacto con el cielo para beber agua pura de las nubes
y saludarse con el sol al amanecer de cada día. Luego y a la carrera bajaba a
las playas para refrescar sus extremidades con el agua marina. Delicias dulces
y saladas salían a su encuentro en el camino, invitándolo a quedarse, sin
convencerlo.
Agotado por el largo viaje a lo
lejos miró un letrero con la inscripción Arequipa en letras blancas y fondo
verde que le infundió ánimo y sin tregua en su andar apuró el paso, convencido
que era el lugar soñado.
Caravelí, Ocoña y Camaná pasaron
para subir la cuesta y al arribar a la Plaza de Armas, se paró frente al
Tuturutu para preguntarle por los mejores jóvenes de Arequipa y al son de
trompeta desde lo alto el soldadito de bronce respondió: “están en el Colegio
de las Ciencias y las Artes de la Independencia Americana”.
Alfeñique analizó su figura y era
diferente a la que dejó a lo lejos, ahora se veía atlético de frente altiva,
con enigmática sonrisa y carácter indomable. Forzando el recuerdo ¿dónde se
produjo el cambio?, llegó a la conclusión que fue en la subida del camino y con
seguridad resuelta dijo: “soy producto de una casta y no de una cuesta”.
Fatigado por semejante viaje, Alfeñique
se recostó junto a la Iglesia de San Agustín abrazado de una botella de miel de
caña de azúcar de Chucarapi, tomando forma retorcida hasta quedar en profundo
sueño y desde entonces sale como réplica en incontables cantidades para deleite
de la ciudadanía que al grito guerrero anuncia: “!ahí viene la iii!!! y a paso
marcial los alfeñiques pasan por calles y avenidas, recibiendo aplausos
interminables que se gratifican con la mítica golosina que sale de los
bolsillos de los estudiantes para deleite y el buen gusto de quienes lo
reciben.
(SOLIDARIO
– Promoción 1973)
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