VIAJE DE PROMOCION 5to. “F” 1973
MARCO
CALLE OLIVERA
En
1973, el clima político de nuestro país volvía a ponerse tenso. La junta
militar de gobierno, que presidía el general Juan Velasco Alvarado, decidió
enfrentarse frontalmente a las organizaciones populares del país. Y éstas, a su
vez, a través de huelgas, paros, marchas y diversas medidas. En universidades, colegios,
sindicatos, asociaciones se respiraba un aire de rebelión contenida. En
Arequipa no éramos ajenos a esa corriente. En nuestro plantel se llevó a cabo
una huelga en el mes de agosto, que finalmente consiguió que se refaccionaran
aulas, baños, se pintara la hermosa fachada del plantel y sin que lo hayamos
pedido inclusive nos pusieron pisos de parquet a los salones de clase.
Éramos
ya la promoción que iba a egresar ese año. Por una tradición saludable se
pensaba en el viaje de fin de año. Realizamos actividades diversas con el fin
de obtener fondos suficientes para cuando llegara ese momento.
No
contábamos con que de pronto la IV Región de Educación emitió una resolución
prohibiendo la salida de cualquier delegación estudiantil fuera del
departamento. Sin embargo ya habíamos acordado en Asamblea del 5to. “F” que
nuestro destino en viaje de promoción era La Paz – Bolivia.
Con
los fondos obtenidos cubríamos el costo del transporte. Algunos compañeros de
clase hicieron contacto con el propietario de un “minibús con trompa”, el que
se comprometió a llevarnos. Era don Justo Pomier que, para suerte nuestra, nos
dijo tener familiares en Puno y Bolivia, lo que nos sería de gran utilidad
¿Pero
cómo superar la prohibición emanada por la autoridad educativa? Se me ocurrió, entonces, luego de cavilar
mecanismos diversos, que nuestro objetivo se podía cumplir a través de una
autorización del Juez de Menores.
La
Corte Superior de Justicia de Arequipa funcionaba en esa época en la calle San
Francisco del cercado de la ciudad. Hacia allí me dirigí. Logré conversar con
el secretario del Juzgado a quien convencí para que nos otorgara el documento
de autorización respectivo.
“Pero,
–me dijo– necesito que los padres de familia, de los que van a viajar, firmen
la solicitud dirigiéndola a este Juzgado”.
“No
hay problema, doctor –le respondí–, justo ahorita están en reunión coordinando
para que nos vaya bien. En una hora le traigo la solicitud con las firmas”.
No
había ni tal reunión ni cosa por el estilo.
Salí
de la Corte en busca de mis condiscípulos.
Hice
la solicitud. Pusimos los nombres de los padres de familia y firmamos, por
ellos, los integrantes del 5to. “F”.
“Hay
que usar lapiceros de diferente color, para que sea más creíble nuestra
petición”.
Culminada
esta tarea, volví al Juzgado. “Ahora sí –me dijo el secretario– con esto se
justifica la autorización. Pero, cuando regresen, pasas por aquí en señal de
conformidad”. “Correcto –le contesté–, pero, por favor, hágame unas 12 copias
para los controles donde nos pidan la autorización”.
La
benevolencia de este letrado me obligó a invitarlo a tomar un refrigerio y algo
más. Nos estaba poniendo en el camino de nuestro sueño.
Éramos
una delegación de 40 muchachos. Nos citamos para la partida en la Plazoleta del
Mercado San Camilo. No teníamos tutor ni profesor acompañante.
Fueron
llegando los viajeros, algunos acompañados por sus madres o hermanas. Ricardo
Muñoz Rodríguez salió de su casa con una caja completa de Cerveza Arequipeña.
También había ido, dizque a despedirnos, Mario Valenzuela Medina, el ‘Mono’,
quien se subió al minibús, diciendo: “En Jesús me bajo”. De esta forma se
“coló” en la delegación.
Igual
fue en 1969, cuando íbamos de excursión a Yura, estando en el primer año de
secundaria. El ómnibus nos esperaba frente al portón del Pabellón Norte, y
aparece el ‘Mono’, quien se hizo abrir la puerta de atrás y se “coló” también
en la delegación. Pero tuvo mala suerte. En Yura, frente a una cancha de
fútbol, había un cerro de no mucha elevación, se trepó buscando la cima y, en
un descuido, se resbaló y cayó casi 20 metros abajo. No miento, pero, en una
volteada instintiva de cabeza, alcancé a verlo en el aire. Dio bote y de
inmediato corrí hacia él. Pasé la voz a otros compañeros que no entendían qué
pasaba. “Alguien se ha caído del cerro”.
Era Valenzuela, estaba con los ojos volteados y roncaba, como
profundamente dormido. Logró recuperarse en el Hospital Honorio Delgado,
después de más de 2 meses, superando fracturas y otros daños.
Cuando
llegamos al puesto de control de Chiguata, la autorización judicial que
teníamos funcionó como arte de magia, el Guardia Civil nos dijo: “Vayan con
cuidado chicos, y pórtense bien”.
Llegamos
a Juliaca muy temprano al día siguiente. Tomamos un frugal desayuno y seguimos rumbo a Yunguyo, a donde
tenía familiares nuestro piloto. Era casi mediodía, estábamos en su Plaza de Armas,
cuando se nos acercó un señor que había estado mirando nuestra unidad móvil,
pintarrajeada con albayalde, con
alusiones a la “I”, a Arequipa, a la Promoción, etc. Era abogado, se apellidaba
Moreno y había estudiado en la “I”. Nos
espetó: “Jóvenes, les invitó: o 2 cajas de cerveza o el almuerzo, escojan”.
No
había mucho qué discutir. La gran mayoría escogió el líquido de cebada. Pero,
igual, almorzamos. Ya Pomier había gestionado el avío a precio cómodo.
“Pero
–también nos dijo– si no hay salvoconductos, muy difícil que pasemos a La Paz”.
Con Ricardo Muñoz resolvimos intentar una gestión en el consulado boliviano en
Puno. Hicimos un viaje apresurado. No había atención. Regresamos preocupados,
tristes. Estábamos a hora y media de La Paz.
Con
nuestra autorización judicial, hicimos una gestión que nos dio resultado,
podíamos cruzar el Estrecho de Tiquina, pero solo hasta Copacabana. Dijimos:
“Vamos a visitar a La Mamita y nos regresamos.”
Había lanchones tipo balsa, que trasladaban vehículos de un lado a otro.
Ya en Copacabana,
nos fuimos a una playita, apacible. Algunos moradores alquilaban lanchitas para
dar un paseo por las aguas del Lago Titicaca. Allí surgió la figura de Luis
Silva Luna, que se puso traje de baño y se zambulló sin más ni más. Nos
quedamos asombrados y a la vez tiritando y castañeteando los dientes por él.
Salió de su inmersión medio morado, pero lo hizo.
Mientras
tanto, por esas cosas que tiene la vida, el ‘Loco’ Quiroz, que nos acompañó
siendo de otra clase, con Ricardo Muñoz habían logrado trabar amistad y
conversación con el capitán EB Rubín de Celis, jefe de línea, y su esposa. Allí
sí actuó la cerveza arequipeña que había llevado a bordo Ricardo. Este amigo
militar (Bolivia era gobernada por el general Hugo Banzer Suárez, dictadura
también) se emocionó saboreando nuestro producto y le hizo caso a su cónyuge,
que lo animaba a ayudarnos. “En síntesis –nos dijo, ya identificado con nuestra
situación– ¿qué quieren?”.
Yo le
dije: “Que nos firme una autorización para pasar a La Paz. Queremos conocer
algo de su país”.
“¡Con
todo gusto! ¡Redáctenla! Yo la firmo”.
Estábamos
en su despacho. Había una máquina de escribir. Redacté con precisión lo que
equivalía a un salvoconducto. Un soldado furriel, al verme poner los sellos en
la autorización y las copias, quiso oponerse. El capitán Rubín de Celis
exclamó: “¡Es una orden, carajo!” Santo remedio. Seguimos brindando por la
amistad y muchas cosas más, hasta que llegó la hora de partir.
Pasamos
por El Alto, que recién comenzaba a poblarse, era como un pueblo joven,
entonces. Llegamos a La Paz ya entrada la tarde. Nos fuimos a la explanada del
estadio ‘Siles Suazo’, donde habían puestos de chinchulíes y caparinas a
precios baratísimos. Nos dimos un atracón, convencidos de que la voluntad de la
partida de alfeñiques podía, como pudo, vencer cualquier obstáculo.
Pomier
fue magnífico. Nos llevó al local de un sindicato de comerciantes ubicado en
Calacoto, al sur de la ciudad. Nos alojamos en un amplio auditorio con piso de
parquet.
Los
días siguientes fueron de libre albedrío. Unos iban por el exclusivo barrio “El
Prado”, otros visitaban los mercados, yo me di una vuelta por la Universidad de
San Andrés, el Palacio Quemado, sede del gobierno, teniendo de fondo la
presencia del majestuoso Illimani. Inclusive, una noche caímos por el auditorio
de una radioemisora y nos llamaron para saludar a Bolivia. Había un conjunto
que interpretó una monocorde canción que repetía “agua y arena, agua y arena” y
viceversa, para finalizar diciendo: “Hemos dedicado para ustedes la canción La
Playa”.
Estaba
en nuestra delegación Juan Vilca que tocaba guitarra muy bien. Había hecho
amistad con una muchacha paceña y se citaron para ir al cine. De esto había
sido testigo el ‘Mono’. Pero éste se adelantó a Juan, esperó a la dama y le
dijo: “Juancito no va a poder venir, pero yo sí te voy a acompañar”.
Ya
íbamos casi por el sétimo día de haber salido de Arequipa y se acabó el dinero.
El ‘Loco’ Quiroz me sugirió: Tenemos que “manguear”. Mañana sábado hay
bautizos. Le dije “Sí”. El argumento era que nuestra delegación se había
regresado sin nosotros. Pediríamos apoyo económico a los asistentes a las
ceremonias.
Tú
hablas bien y yo me pongo a llorar –dijo Quiroz–.
Efectivamente,
al otro día, hicimos un recorrido rápido, como por 4 templos, Los paisanos se
portaron extraordinariamente por las explicaciones que les dábamos y recaudamos
más de lo que pensábamos. Con eso comimos, compramos una que otra ropa y
esperar el retorno a Perú, nuestra patria.
Volvimos
a pasar por El Alto, esta vez de vuelta. Otra vez tocamos Yunguyo, donde
pernoctaríamos. Una parte de la delegación quiso pasar la noche en el minibús.
La otra se alojó en un ambiente de la vivienda de otro familiar de Pomier.
Hicimos
una última colecta con Ricardo, para comprar cerveza, antes de que se cortara
el fluido eléctrico, porque este se dispensaba a través de un motor.
Adentrados
en la noche altiplánica de Yunguyo, con Ricardo estábamos regresando al
minibús. Caminábamos conversando y me pareció escuchar pasos como que alguien
nos seguía. Era imaginación pura, pues el fluido eléctrico ya se había cortado.
Era
prácticamente nuestra despedida. Saldríamos de la “I” para que cada quien tome
su rumbo y cada cual decida lo que el futuro le depare.
Se
acabó nuestra cerveza, cuando, exaltado el ‘Mono’ salió de la vivienda donde
dormían otros y nos dijo: “¿Saben dónde estamos?”. “En Yunguyo, pues”. “¡No!
Estamos en un depósito de cerveza”. “Trae una muestra” –le dije–. Trajo una
caja, pero de cerveza negra. Éramos como 15 en el minibús. Poco a poco fuimos
consumiendo más líquido de cebada y lúpulo hasta llegar a 7 cajas.
Al día
siguiente enrumbamos a nuestra Blanca Ciudad. Llegamos sin novedad.
A los
5 días Pomier se presentó en el colegio. “MI pariente dice que se han tomado 7
cajas”. “Las vamos a pagar” –le respondí–. Las pagamos.
Así
llegaba al final el esplendoroso e inolvidable viaje de promoción de los
Alfeñiques de Corazón.
Cayma,
12 de junio de 2020.
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