viernes, 19 de junio de 2020

Cuento: Marco Antonio Jesús Calle Olivera Promoción 1973.

VIAJE DE PROMOCION  5to.  “F”   1973

MARCO CALLE OLIVERA

En 1973, el clima político de nuestro país volvía a ponerse tenso. La junta militar de gobierno, que presidía el general Juan Velasco Alvarado, decidió enfrentarse frontalmente a las organizaciones populares del país. Y éstas, a su vez, a través de huelgas, paros, marchas y diversas medidas. En universidades, colegios, sindicatos, asociaciones se respiraba un aire de rebelión contenida. En Arequipa no éramos ajenos a esa corriente. En nuestro plantel se llevó a cabo una huelga en el mes de agosto, que finalmente consiguió que se refaccionaran aulas, baños, se pintara la hermosa fachada del plantel y sin que lo hayamos pedido inclusive nos pusieron pisos de parquet a los salones de clase.

Éramos ya la promoción que iba a egresar ese año. Por una tradición saludable se pensaba en el viaje de fin de año. Realizamos actividades diversas con el fin de obtener fondos suficientes para cuando llegara ese momento.

No contábamos con que de pronto la IV Región de Educación emitió una resolución prohibiendo la salida de cualquier delegación estudiantil fuera del departamento. Sin embargo ya habíamos acordado en Asamblea del 5to. “F” que nuestro destino en viaje de promoción era La Paz – Bolivia.

Con los fondos obtenidos cubríamos el costo del transporte. Algunos compañeros de clase hicieron contacto con el propietario de un “minibús con trompa”, el que se comprometió a llevarnos. Era don Justo Pomier que, para suerte nuestra, nos dijo tener familiares en Puno y Bolivia, lo que nos sería de gran utilidad

¿Pero cómo superar la prohibición emanada por la autoridad educativa?  Se me ocurrió, entonces, luego de cavilar mecanismos diversos, que nuestro objetivo se podía cumplir a través de una autorización del Juez de Menores.

La Corte Superior de Justicia de Arequipa funcionaba en esa época en la calle San Francisco del cercado de la ciudad. Hacia allí me dirigí. Logré conversar con el secretario del Juzgado a quien convencí para que nos otorgara el documento de autorización respectivo.

“Pero, –me dijo– necesito que los padres de familia, de los que van a viajar, firmen la solicitud dirigiéndola a este Juzgado”.

“No hay problema, doctor –le respondí–, justo ahorita están en reunión coordinando para que nos vaya bien. En una hora le traigo la solicitud con las firmas”.

No había ni tal reunión ni cosa por el estilo.

Salí de la Corte en busca de mis condiscípulos.

Hice la solicitud. Pusimos los nombres de los padres de familia y firmamos, por ellos, los integrantes del 5to. “F”. 

“Hay que usar lapiceros de diferente color, para que sea más creíble nuestra petición”.

Culminada esta tarea, volví al Juzgado. “Ahora sí –me dijo el secretario– con esto se justifica la autorización. Pero, cuando regresen, pasas por aquí en señal de conformidad”. “Correcto –le contesté–, pero, por favor, hágame unas 12 copias para los controles donde nos pidan la autorización”.

La benevolencia de este letrado me obligó a invitarlo a tomar un refrigerio y algo más. Nos estaba poniendo en el camino de nuestro sueño.

Éramos una delegación de 40 muchachos. Nos citamos para la partida en la Plazoleta del Mercado San Camilo. No teníamos tutor ni profesor acompañante.

Fueron llegando los viajeros, algunos acompañados por sus madres o hermanas. Ricardo Muñoz Rodríguez salió de su casa con una caja completa de Cerveza Arequipeña. También había ido, dizque a despedirnos, Mario Valenzuela Medina, el ‘Mono’, quien se subió al minibús, diciendo: “En Jesús me bajo”. De esta forma se “coló” en la delegación.

Igual fue en 1969, cuando íbamos de excursión a Yura, estando en el primer año de secundaria. El ómnibus nos esperaba frente al portón del Pabellón Norte, y aparece el ‘Mono’, quien se hizo abrir la puerta de atrás y se “coló” también en la delegación. Pero tuvo mala suerte. En Yura, frente a una cancha de fútbol, había un cerro de no mucha elevación, se trepó buscando la cima y, en un descuido, se resbaló y cayó casi 20 metros abajo. No miento, pero, en una volteada instintiva de cabeza, alcancé a verlo en el aire. Dio bote y de inmediato corrí hacia él. Pasé la voz a otros compañeros que no entendían qué pasaba. “Alguien se ha caído del cerro”.  Era Valenzuela, estaba con los ojos volteados y roncaba, como profundamente dormido. Logró recuperarse en el Hospital Honorio Delgado, después de más de 2 meses, superando fracturas y otros daños.

Cuando llegamos al puesto de control de Chiguata, la autorización judicial que teníamos funcionó como arte de magia, el Guardia Civil nos dijo: “Vayan con cuidado chicos, y pórtense bien”.

Llegamos a Juliaca muy temprano al día siguiente. Tomamos un frugal  desayuno y seguimos rumbo a Yunguyo, a donde tenía familiares nuestro piloto. Era casi mediodía, estábamos en su Plaza de Armas, cuando se nos acercó un señor que había estado mirando nuestra unidad móvil, pintarrajeada  con albayalde, con alusiones a la “I”, a Arequipa, a la Promoción, etc. Era abogado, se apellidaba Moreno y había estudiado en la “I”.  Nos espetó: “Jóvenes, les invitó: o 2 cajas de cerveza o el almuerzo, escojan”.

No había mucho qué discutir. La gran mayoría escogió el líquido de cebada. Pero, igual, almorzamos. Ya Pomier había gestionado el avío a precio cómodo.

“Pero –también nos dijo– si no hay salvoconductos, muy difícil que pasemos a La Paz”. Con Ricardo Muñoz resolvimos intentar una gestión en el consulado boliviano en Puno. Hicimos un viaje apresurado. No había atención. Regresamos preocupados, tristes. Estábamos a hora y media de La Paz.

Con nuestra autorización judicial, hicimos una gestión que nos dio resultado, podíamos cruzar el Estrecho de Tiquina, pero solo hasta Copacabana. Dijimos: “Vamos a visitar a La Mamita y nos regresamos.”  Había lanchones tipo balsa, que trasladaban vehículos de un lado a otro.

Ya en Copacabana, nos fuimos a una playita, apacible. Algunos moradores alquilaban lanchitas para dar un paseo por las aguas del Lago Titicaca. Allí surgió la figura de Luis Silva Luna, que se puso traje de baño y se zambulló sin más ni más. Nos quedamos asombrados y a la vez tiritando y castañeteando los dientes por él. Salió de su inmersión medio morado, pero lo hizo.

Mientras tanto, por esas cosas que tiene la vida, el ‘Loco’ Quiroz, que nos acompañó siendo de otra clase, con Ricardo Muñoz habían logrado trabar amistad y conversación con el capitán EB Rubín de Celis, jefe de línea, y su esposa. Allí sí actuó la cerveza arequipeña que había llevado a bordo Ricardo. Este amigo militar (Bolivia era gobernada por el general Hugo Banzer Suárez, dictadura también) se emocionó saboreando nuestro producto y le hizo caso a su cónyuge, que lo animaba a ayudarnos. “En síntesis –nos dijo, ya identificado con nuestra situación– ¿qué quieren?”.

Yo le dije: “Que nos firme una autorización para pasar a La Paz. Queremos conocer algo de su país”.

“¡Con todo gusto! ¡Redáctenla! Yo la firmo”.

Estábamos en su despacho. Había una máquina de escribir. Redacté con precisión lo que equivalía a un salvoconducto. Un soldado furriel, al verme poner los sellos en la autorización y las copias, quiso oponerse. El capitán Rubín de Celis exclamó: “¡Es una orden, carajo!” Santo remedio. Seguimos brindando por la amistad y muchas cosas más, hasta que llegó la hora de partir.

Pasamos por El Alto, que recién comenzaba a poblarse, era como un pueblo joven, entonces. Llegamos a La Paz ya entrada la tarde. Nos fuimos a la explanada del estadio ‘Siles Suazo’, donde habían puestos de chinchulíes y caparinas a precios baratísimos. Nos dimos un atracón, convencidos de que la voluntad de la partida de alfeñiques podía, como pudo, vencer cualquier obstáculo.

Pomier fue magnífico. Nos llevó al local de un sindicato de comerciantes ubicado en Calacoto, al sur de la ciudad. Nos alojamos en un amplio auditorio con piso de parquet.

Los días siguientes fueron de libre albedrío. Unos iban por el exclusivo barrio “El Prado”, otros visitaban los mercados, yo me di una vuelta por la Universidad de San Andrés, el Palacio Quemado, sede del gobierno, teniendo de fondo la presencia del majestuoso Illimani. Inclusive, una noche caímos por el auditorio de una radioemisora y nos llamaron para saludar a Bolivia. Había un conjunto que interpretó una monocorde canción que repetía “agua y arena, agua y arena” y viceversa, para finalizar diciendo: “Hemos dedicado para ustedes la canción La Playa”.

Estaba en nuestra delegación Juan Vilca que tocaba guitarra muy bien. Había hecho amistad con una muchacha paceña y se citaron para ir al cine. De esto había sido testigo el ‘Mono’. Pero éste se adelantó a Juan, esperó a la dama y le dijo: “Juancito no va a poder venir, pero yo sí te voy a acompañar”.

Ya íbamos casi por el sétimo día de haber salido de Arequipa y se acabó el dinero. El ‘Loco’ Quiroz me sugirió: Tenemos que “manguear”. Mañana sábado hay bautizos. Le dije “Sí”. El argumento era que nuestra delegación se había regresado sin nosotros. Pediríamos apoyo económico a los asistentes a las ceremonias.

Tú hablas bien y yo me pongo a llorar –dijo Quiroz–.

Efectivamente, al otro día, hicimos un recorrido rápido, como por 4 templos, Los paisanos se portaron extraordinariamente por las explicaciones que les dábamos y recaudamos más de lo que pensábamos. Con eso comimos, compramos una que otra ropa y esperar el retorno a Perú, nuestra patria.

Volvimos a pasar por El Alto, esta vez de vuelta. Otra vez tocamos Yunguyo, donde pernoctaríamos. Una parte de la delegación quiso pasar la noche en el minibús. La otra se alojó en un ambiente de la vivienda de otro familiar de Pomier.

Hicimos una última colecta con Ricardo, para comprar cerveza, antes de que se cortara el fluido eléctrico, porque este se dispensaba a través de un motor.

Adentrados en la noche altiplánica de Yunguyo, con Ricardo estábamos regresando al minibús. Caminábamos conversando y me pareció escuchar pasos como que alguien nos seguía. Era imaginación pura, pues el fluido eléctrico ya se había cortado.

Era prácticamente nuestra despedida. Saldríamos de la “I” para que cada quien tome su rumbo y cada cual decida lo que el futuro le depare.

Se acabó nuestra cerveza, cuando, exaltado el ‘Mono’ salió de la vivienda donde dormían otros y nos dijo: “¿Saben dónde estamos?”. “En Yunguyo, pues”. “¡No! Estamos en un depósito de cerveza”. “Trae una muestra” –le dije–. Trajo una caja, pero de cerveza negra. Éramos como 15 en el minibús. Poco a poco fuimos consumiendo más líquido de cebada y lúpulo hasta llegar a 7 cajas.

Al día siguiente enrumbamos a nuestra Blanca Ciudad. Llegamos sin novedad.

A los 5 días Pomier se presentó en el colegio. “MI pariente dice que se han tomado 7 cajas”. “Las vamos a pagar” –le respondí–. Las pagamos.

Así llegaba al final el esplendoroso e inolvidable viaje de promoción de los Alfeñiques de Corazón.

Cayma, 12 de junio de 2020.         

 

 


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