EL
ALFEÑIQUE GUARIPOLERO “WUARIPOLERO”
Érase una vez, en Characatolandia Feliz,
había un niño llamado Alfeñique, que
tenía unos dedos mágicos con los cuales lanzaba un carrizo al aire hasta que llegara
lo más alto posible, soñando que toquen las nubes. Él tenía dos hermanos, el “Chicle”
(que cantaba muy hermoso) y el “Galleta” (que tocaba el cajón) y con ellos
también vivía mamá “doña Cau Cau”, que andaba con su chicote de tres puntas
para castigarlos cuando no regresaban a casa, no hacían sus deberes o no
estudiaban, etc. pero ellos siempre se las ingeniaban para salir a pasear por la
calles de Characatolandia, Calle Nueva, Álvarez
Thomas, Calle Grande, Mercaderes, San Francisco, Melgar, Av. Goyeneche, la Av. Independencia y otras
calles más. Muchas veces pasaban por el Asilo Lira, La Casa Rosada y por el Colegio
Independencia Americana, donde miraban, cómo eran adoctrinados los alumnos por los curas y párrocos que a palazos
enseñaban las artes y curiosidades de la vida.
En una tarde oscura, Alfeñique se escapó
de su casa para evitar la golpiza de su madre “Doña Cau Cau”, por no haber
limpiado los trastes, y en plena huida sus hermanos lo estaban siguiendo a Alfeñique sin que se diera cuenta
y sigilosos verían dónde iba parar: Alfeñique había escuchado que dentro del
Colegio Independencia Americana había un internado
donde albergaban niños con
habilidades especiales y ellos podían comer
todos los dulces, tortas, caramelos y los manjares deliciosos que podían
imaginar; dormían cómodamente, leían historias fantásticas de héroes y villanos,
y lo mejor de todo no lavaban trastes.
Alfeñique salía a toda prisa de ese
lugar, caminando por las calles apresuradamente para no encontrarse con la “Llorona”
y en una de las calles sin darse cuenta cayó en la Acequia Grande, desesperado
pidió auxilio para no ahogarse y morir, pero lamentablemente en ese lugar y a
esa hora, no había ningún alma loncca que pudiera ayudarlo. En pocos segundos Alfeñique
empezó a ver más allá y vio pasar su corta vida por su mente, veía a su perro, su casa, y a su familia, hasta que poco a poco se fue alejando
más y más, hasta entrar en un sueño
profundo.
Así, Alfeñique
llegó al internado y tocó el portón de madera fuertemente para que lo escuchen
y después de un buen rato, salió a su atención el padre Juan Gualberto Deán Valdivia, quien
le dijo: “¿qué queréis hijo?” y
Alfeñique respondió: “Quiero entrar y poder quedarme a dormir”. Al ver el Deán,
que Alfeñique estaba tan cansado y triste, lo dejo pasar. El Deán cerró la
puerta, pero una mazorca evito que cierre la misma, aprovechándose de esto sus
hermanos Chicle y Galleta para
ingresar al internado y esconderse en
una esquina. Alfeñique quedó maravillado cuando vio todo ese mundo lleno de dulces y
comidas deliciosas, cuartos limpios con camas y sábanas blancas que parecían copos de nieve, había un
hombre grandes vestidos de negro, y una habitación
llena de cuadernos y libros, como nunca antes se había imaginado.
El Deán,
le dio la bienvenida, diciendo: “hijo sírvete y come todo lo que quieras
tienes un gran banquete de confites, condesas, postres, y otros dulces. Alfeñique apenas pudo acabar los ricos alimentos y luego
muy feliz se alistó para poder descansar
en esas lindas camas que había visto y
plácidamente soñó que era parte de la corriente libertadora de Simón Bolívar, que
se enfrentaba a los españoles, para lograr la independencia de toda América y en
especial del Perú.
Al día siguiente despertó muy temprano y se alistó para ir a desayunar, vio una mesa larga, muy larga que abarcaba
desde Lira hasta Carbajal, estaba llena de todo tipo de comida, de pronto se le acercó el Deán y
le dijo: “si quieres toma tu desayuno” pero eso sí, tienes que aprender una habilidad como cantar, bailar, escribir, etc.”
.Uhhhhh, entonces Alfeñique se puso a pensar, qué podía hacer; tirando su carrizo al aire iba pensando y pensando,
cuando de pronto se le vino a la mente la imagen de su mamá diciéndole: “algún día ese carrizo
se quedará atascado en el cielo y lo perderás, no te quiero ver llorar, ¿Porque
andas de arriba a abajo con ese adefesio o acaso, quieres ser malabarista o él GUARIPOLERO
del Colegio de los Calzones Negros del Inca Atahualpa?¡¡”. Entonces a
Alfeñique, le vino una gran idea y corriendo alcanzó al Deán y
le dijo: “Deán, he decidió ser GUARIPOLERO del colegio” y el cura riéndose lo acepto y le dijo: ya, ya,
Alfeñique así será; ahora pasa a tomar
tu desayuno. En ese momento se escuchó toscamente
el abrir de la puerta del almacén, donde
cayeron como dos sacos de papas, sus
hermanos Chicle y Galleta, que estaban escondidos desde la noche anterior.
El Deán al ver estas almas inocentes y cuerpos débiles les dijo: “Miren estas lindas
palomitas, ¿qué hacen?, deben de estar de hambre, vayan a tomar desayuno con su
hermano, pero antes me tienen que decir que habilidad tienen para poder quedarse
aquí”; inmediatamente Galleta dijo: “yo
canto” y Chicle dijo: “yo toco el cajón”,
entonces el Deán les dijo: “Pasen y quédense aquí, que de estos talentos
necesitamos en nuestro colegio”.
Por esos días del año el Deán, dijo a los
alumnos que se alisten para el día sábado,
porque debían presentarse con su uniforme de gala en el gran carnaval de Characatolandia. Alfeñique no
sabía qué hacer, porque no tenía uniforme
de gala y sólo sabía lanzar su carrizo al aire, por eso se puso a llorar desconsoladamente
frente a la estatua del libertador Simón Bolívar, quien como arte de magia le habló y le dijo: “tranquilo Alfeñique, no llores,
te voy a ayudar, corre a los baños del pabellón norte, allí encontrarás un
bastón de cartón reciclado, y retazos de
tela, hilos y botones dorados para que confecciones tu uniforme de gala.
Inmediatamente Alfeñique corrió presurosamente, hasta que se cayó y se levantó
muy rápido para llegar a los baños del colegio. Después de unos minutos llego a
los baños, donde puerta por puerta abrió todos los baños, y en el último encontró lo que Bolívar le había dicho, todos
sus materiales para confeccionar su uniforme. Muy contento se dirigió con sus hermanos, quienes le ayudaron a coser la
prenda durante toda la noche.
Al día siguiente en el carnaval,
Alfeñique (dedos mágicos) tenía un uniforme color kaki maravilloso, que
brillaba reflejado por el sol, parecía estar hecho con oro puro resaltando su
insignia del colegio y más hermoso aún, era su bastón de cartón reciclado. Muy orgullo
Alfeñique se colocó delante de todos
y empezó a lanzar el bastón al aire, abriendo paso a su colegio, todos lo veían
sorprendidos ya que parecía un dios de la
mitología griega, lanzando el bastón por los aires hasta tocar el cielo y las
nubes; las muchedumbres entre los que estaban los Bolívar, la Fuente, los Corbacho,
los Riveros, los Martínez, y el ministro
José Huerta frente al grandioso Misti y el Chili, no dejaban de aplaudir a su
paso gallardo, por ser un tremendo espectáculo; la gente les alcanzaban su choclo con queso y su chicha
de jora en su respectivo bebe (vaso),
para que puedan llegar hasta los portales. Igualmente sus hermanos tocaban y
cantaban en la banda, al ritmo de “la I, la I, la I Independencia, Independencia, zua zua zua”.
Todo era paz y felicidad, cuando un día; muy, muy cercano,
Alfeñique escuchó los sonidos de unos cañones y escopetas, que estaban
destruyendo el pabellón sur y la dirección del colegio, asustado salió a ver lo
que estaba ocurriendo, y pudo divisar
millares de tropas de soldados que disparaban
a sus compañeros, los cuales caían uno por uno a la calle; estos para
defenderse lanzaban piedras desde el
pabellón norte contra los soldados.
En medio de tanto bullicio y gresca,
apareció el Huacomóvil bus, lleno de señoras y vendedoras del mercado San
Camilo quienes venían a apoyar a los
estudiantes en su lucha frontal, de pronto alguien gritó: “¡vamos a la plaza!”
y Alfeñique sin dudarlo subió al
Huacomóvil bus, diciendo Sr. Chicata súbale el volumen a esa salsita
independiente de mi compañero Arturito,
para levantar los ánimos; y así se fueron
rumbo a la Plaza de Armas, para distraer a los soldados y hacer que lo sigan.
Ya en la plaza pelearon campalmente por
50 horas de día y 50 horas de noche, hecho conocido, como la “Revolución del 50” terminando vencedor el pueblo de Alfeñique y Characatolandia.
Como toda batalla había heridos, los cuales eran llevados al pabellón sur, donde las
profesoras. Ghovani y
Greni, con un grupo de señoritas de los
colegios a quienes llamaban las “truchas”, las “vacas”, las “chaveteras” y los niños de la escuelita
Miguel Grau, curaban todas las heridas, con jabón y agua de la acequia grande y trapos de la
fábrica del huayco; mientras que los
muertos eran llevados al coliseo, donde
estaba el profesor Sayco con un grupo de jóvenes estudiantes del colegio de “los burros”, dándoles cristiana sepultura; y
en la coordinación general de todas las actividades de recuperación médica y asistencial estaba el aux. Chirinos (alias
Mario Bross). Lamentablemente entre los muertos estaban sus dos hermanos,
Chicle y Galleta y al enterarse Alfeñique que sus hermanos estaban muertos, enloqueció y se desplomo cayéndose al suelo estrepitosamente
como si fuera un cañonazo, pero en
verdad eran cañonazos de los vencidos que estaban destruyendo todo la fachada,
la dirección, los pabellones sur y norte,
el patio central, el internado, las canchas, la pista de entrenamiento, hasta
la canchita posterior.
En eso, Alfeñique reacciona y no lo
pensó ni un segundo trote se dirigió a la dirección para avisarle al director y
así evitar la destrucción, al encontrase con el director de un sobresalto le
dijo ¡¡¡ Señor director Delgadillo!! Están destruyendo el colegio, deténgalos!!
y el director le respondió: !! que lo destruyan ¡¡ este colegio, ya es viejo y
antiguo, pero nunca perderá sus esencia; Alfeñique no pudo creer lo que estaba
escuchando y se quedó perplejo, en ese
preciso momento se escucha cinco
cañonazos por todos lados que destruyeron completamente el colegio, solo
se escucha un grito que decía “
Quien entra a este colegio, jamás sale
de él” , después de unos minutos y entre
la polvareda y el tiempo se escuchó un silencio sepulcral en todo Characatolandia.
De pronto, Alfeñique sintió que lo
jalaban de los cabellos, eran sus
hermanos Chicle y Galleta, quienes trataban de salvarlo antes que se ahogase, ya que estaba perdiendo el
conocimiento en la Acequia Grande, donde minutos antes se había caído; gracias a ellos, Alfeñique estaba vivito y coleando, inmediatamente empezaron el camino de regreso
a casa; ni bien llegaron a su casa, la
mamá “Doña Cau Cau”, les dio tremenda paliza,
de padre y señor mío, con ese chicote de tres puntas que colgaba detrás de la
puerta, ay, ya, yaiii, pobrecitos de ellos; con solo un chicotazo los hizo regresar a
la realidad de Characatolandia.
Loor y gloria a los hombres de antaño, la
I, la I, la I , éste cuento se ha acabado hasta otros juegos florales , Dios mediante.
Autor: Rafael
Eduardo Muñoz Ccallo
Promoción Juan
Gualberto Deán Valdivia 1996. AECNIA
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