sábado, 20 de junio de 2020

Cuento: Rafael Eduardo Muñoz Ccallo Promoción 1996.


 EL ALFEÑIQUE  GUARIPOLERO “WUARIPOLERO”

Érase una vez, en Characatolandia Feliz, había un niño llamado Alfeñique, que tenía unos dedos mágicos con los cuales lanzaba un carrizo al aire hasta que llegara lo más alto posible, soñando que toquen las nubes. Él tenía dos hermanos, el “Chicle” (que cantaba muy hermoso) y el “Galleta” (que tocaba el cajón) y con ellos también vivía mamá “doña Cau Cau”, que andaba con su chicote de tres puntas para castigarlos cuando no regresaban a casa, no hacían sus deberes o no estudiaban, etc. pero ellos siempre se las ingeniaban para salir a pasear por la calles de Characatolandia, Calle Nueva,  Álvarez Thomas, Calle Grande, Mercaderes, San Francisco, Melgar,  Av. Goyeneche, la Av. Independencia y otras calles más. Muchas veces pasaban por el Asilo Lira, La Casa Rosada y por el Colegio Independencia Americana, donde miraban, cómo  eran adoctrinados los alumnos  por los curas y párrocos que a palazos enseñaban las artes y curiosidades de la vida.
En una tarde oscura, Alfeñique se escapó de su casa para evitar la golpiza de su madre “Doña Cau Cau”, por no haber limpiado los trastes, y en plena huida sus hermanos lo estaban  siguiendo a Alfeñique sin que se diera cuenta y sigilosos verían dónde iba parar: Alfeñique había escuchado que dentro del Colegio Independencia Americana había un  internado  donde albergaban  niños con habilidades especiales y ellos podían comer  todos los dulces, tortas, caramelos y los manjares deliciosos que podían imaginar; dormían cómodamente, leían historias fantásticas de héroes y villanos,  y lo mejor de todo no lavaban trastes.  
Alfeñique salía a toda prisa de ese lugar, caminando por las calles apresuradamente para no encontrarse con la “Llorona” y en una de las calles sin darse cuenta cayó en la Acequia Grande, desesperado pidió auxilio para no ahogarse y morir, pero lamentablemente en ese lugar y a esa hora, no había ningún alma loncca que pudiera ayudarlo. En pocos segundos Alfeñique empezó a ver más allá y vio pasar su corta vida por su mente,  veía a su perro, su casa, y  a su familia, hasta que poco a poco se fue alejando más y más, hasta entrar en  un sueño profundo.
Así,  Alfeñique llegó al internado y tocó el portón de madera fuertemente para que lo escuchen y después de  un buen rato,  salió a su atención  el padre Juan Gualberto Deán Valdivia, quien le dijo: “¿qué queréis hijo?”  y Alfeñique respondió: “Quiero entrar y poder quedarme a dormir”. Al ver el Deán, que Alfeñique estaba tan cansado y triste, lo dejo pasar. El Deán cerró la puerta, pero una mazorca evito que cierre la misma, aprovechándose de esto sus hermanos Chicle y Galleta  para ingresar  al internado y esconderse en una esquina. Alfeñique quedó maravillado cuando vio todo ese mundo lleno de dulces y comidas deliciosas, cuartos limpios con camas y sábanas  blancas que parecían copos de nieve, había un hombre grandes vestidos de  negro, y una habitación llena de cuadernos y libros, como nunca antes se había imaginado.
El  Deán,  le dio la bienvenida, diciendo: “hijo sírvete y come todo lo que quieras tienes un gran banquete de confites, condesas, postres, y otros dulces.  Alfeñique  apenas pudo acabar los ricos alimentos y luego muy feliz se alistó para poder  descansar  en esas lindas camas que había visto y plácidamente soñó que era parte de la corriente libertadora de Simón Bolívar, que se enfrentaba a los españoles, para lograr la independencia de toda América y en especial del Perú.
Al día siguiente despertó muy  temprano y se alistó para ir a desayunar,  vio una mesa larga, muy larga que abarcaba desde Lira hasta Carbajal,  estaba  llena de todo tipo de  comida, de pronto  se le acercó el  Deán  y le dijo: “si quieres toma tu desayuno” pero eso sí, tienes que  aprender una  habilidad como cantar, bailar, escribir, etc.” .Uhhhhh, entonces Alfeñique se puso a pensar, qué podía hacer;  tirando su carrizo al aire iba pensando y pensando, cuando de pronto se le vino a la mente la imagen  de su mamá diciéndole: “algún día ese carrizo se quedará atascado en el cielo y lo perderás, no te quiero ver llorar, ¿Porque andas de arriba a abajo con ese adefesio o acaso, quieres ser malabarista o él GUARIPOLERO del Colegio de los Calzones Negros del Inca Atahualpa?¡¡”. Entonces a Alfeñique, le vino una gran idea y corriendo alcanzó al  Deán y  le dijo: “Deán, he decidió ser GUARIPOLERO del colegio” y  el cura riéndose lo acepto y le dijo: ya, ya, Alfeñique  así será; ahora pasa a tomar tu desayuno. En ese momento se  escuchó toscamente el abrir de la  puerta del almacén, donde  cayeron como dos sacos de papas, sus hermanos Chicle y Galleta, que estaban escondidos desde la noche anterior.
El Deán al ver estas almas inocentes y  cuerpos débiles les dijo: “Miren estas lindas palomitas, ¿qué hacen?, deben de estar de hambre, vayan a tomar desayuno con su hermano, pero antes me tienen que decir que habilidad tienen para poder quedarse aquí”; inmediatamente  Galleta dijo: “yo canto”  y Chicle dijo: “yo toco el cajón”, entonces el Deán les dijo: “Pasen y quédense aquí, que de estos talentos necesitamos en nuestro colegio”.
Por esos días del año el Deán, dijo a los alumnos  que se alisten para el día sábado, porque debían presentarse con su uniforme de gala en el gran  carnaval de Characatolandia. Alfeñique no sabía qué hacer,  porque no tenía uniforme de gala y sólo sabía lanzar su carrizo al aire, por eso se puso a llorar desconsoladamente frente a la estatua del libertador Simón Bolívar, quien como arte de magia  le habló y le dijo: “tranquilo Alfeñique, no llores, te voy a ayudar, corre a los baños del pabellón norte, allí encontrarás un bastón de cartón reciclado,  y retazos de tela, hilos y botones dorados para que confecciones tu uniforme de gala. Inmediatamente Alfeñique corrió presurosamente, hasta que se cayó y se levantó muy rápido para llegar a los baños del colegio. Después de unos minutos llego a los baños, donde puerta por puerta abrió todos los baños, y en el último  encontró lo que Bolívar le había dicho, todos sus materiales para confeccionar su uniforme. Muy contento se dirigió con sus  hermanos, quienes le ayudaron a coser la prenda durante toda la noche.
Al día siguiente en el carnaval, Alfeñique (dedos mágicos) tenía un uniforme color kaki maravilloso, que brillaba reflejado por el sol, parecía estar hecho con oro puro resaltando su insignia del colegio y más hermoso aún, era su bastón de cartón reciclado. Muy orgullo Alfeñique se colocó delante de todos y empezó a lanzar el bastón al aire, abriendo paso a su colegio, todos lo veían sorprendidos ya que parecía un dios  de la mitología griega, lanzando el bastón por los aires hasta tocar el cielo y las nubes; las muchedumbres entre los que estaban los Bolívar, la Fuente, los Corbacho, los Riveros, los Martínez,  y el ministro José Huerta frente al grandioso Misti y el Chili, no dejaban de aplaudir a su paso gallardo, por ser un tremendo espectáculo; la gente  les alcanzaban su choclo con queso y su chicha de jora en  su respectivo bebe (vaso), para que puedan llegar hasta los portales. Igualmente sus hermanos tocaban y cantaban en la banda, al ritmo de “la I, la I, la I Independencia,  Independencia, zua zua zua”.
Todo era paz  y felicidad, cuando un día; muy, muy cercano, Alfeñique escuchó los sonidos de unos cañones y escopetas, que estaban destruyendo el pabellón sur y la dirección del colegio, asustado salió a ver lo que estaba ocurriendo,  y pudo divisar millares de tropas de soldados que disparaban  a sus compañeros, los cuales caían uno por uno a la calle; estos para defenderse  lanzaban piedras desde el pabellón norte contra los soldados.
En medio de tanto bullicio y gresca, apareció el  Huacomóvil bus,  lleno de señoras y vendedoras del mercado San Camilo  quienes venían a apoyar a los estudiantes en su lucha frontal, de pronto alguien gritó: “¡vamos a la plaza!” y  Alfeñique sin dudarlo subió al Huacomóvil bus, diciendo Sr. Chicata súbale el volumen a esa salsita independiente  de mi compañero Arturito, para levantar los ánimos; y así se fueron  rumbo a la Plaza  de Armas, para  distraer a los soldados y hacer que lo sigan. Ya en la plaza  pelearon campalmente por 50 horas de día y 50 horas de noche, hecho conocido,  como la “Revolución del 50”  terminando vencedor el pueblo de Alfeñique y Characatolandia.  
Como toda batalla había  heridos, los cuales eran  llevados al pabellón sur,  donde las   profesoras. Ghovani y Greni, con un grupo de  señoritas de los colegios a quienes llamaban las “truchas”, las “vacas”,  las “chaveteras” y los niños de la escuelita Miguel Grau, curaban todas las heridas,  con jabón y  agua de la acequia grande y trapos de la fábrica del huayco; mientras que  los muertos eran llevados al  coliseo, donde estaba el profesor Sayco con un grupo de jóvenes estudiantes del colegio de  “los burros”, dándoles cristiana sepultura; y en la coordinación general de todas las actividades  de recuperación médica y asistencial  estaba el aux. Chirinos  (alias  Mario Bross). Lamentablemente entre los muertos estaban sus dos hermanos, Chicle  y  Galleta y al enterarse Alfeñique  que sus hermanos estaban muertos,  enloqueció y se  desplomo cayéndose al suelo estrepitosamente como si fuera  un cañonazo, pero en verdad eran cañonazos de los vencidos que estaban destruyendo todo la fachada, la dirección,  los pabellones sur y norte, el patio central, el internado, las canchas, la pista de entrenamiento, hasta la canchita posterior.
En eso, Alfeñique reacciona y no lo pensó ni un segundo trote se dirigió a la dirección para avisarle al director y así evitar la destrucción, al encontrase con el director de un sobresalto le dijo ¡¡¡ Señor director Delgadillo!! Están destruyendo el colegio, deténgalos!! y el director le respondió: !! que lo destruyan ¡¡ este colegio, ya es viejo y antiguo, pero nunca perderá sus esencia; Alfeñique no pudo creer lo que estaba escuchando y se quedó perplejo,  en ese preciso momento se escucha cinco  cañonazos por todos lados que destruyeron completamente el colegio, solo se escucha  un grito que decía “ Quien  entra a este colegio, jamás sale de él” , después  de unos minutos y entre la polvareda y el tiempo se escuchó un silencio sepulcral en todo Characatolandia.
De pronto, Alfeñique sintió que lo jalaban de  los cabellos, eran sus hermanos Chicle y Galleta, quienes trataban de salvarlo antes que  se ahogase, ya que estaba perdiendo el conocimiento en la Acequia Grande, donde minutos antes  se había caído; gracias a ellos, Alfeñique  estaba vivito y coleando,  inmediatamente empezaron el camino de regreso a casa; ni bien llegaron a su  casa, la mamá “Doña Cau Cau”, les dio tremenda  paliza, de padre y señor mío, con ese chicote de tres puntas que colgaba detrás de la puerta, ay, ya, yaiii, pobrecitos de ellos; con solo un chicotazo los hizo  regresar a   la  realidad de Characatolandia.   
Loor y gloria a los hombres de antaño, la I, la I, la I , éste cuento se ha acabado hasta  otros juegos florales , Dios mediante.

Autor: Rafael Eduardo Muñoz Ccallo
Promoción Juan Gualberto Deán Valdivia 1996. AECNIA

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