ABRIL O MAYO DEL 69
¡Oh recuerdos, mentiras del pasado!
Carlos Augusto Salaverry
Querida H
Anoche preguntaste cómo conocí a
Borges. Desvié el tema con una conversación inútil y terminamos hablando de
Cervantes. Algún día te contaré de cómo se perdió de conocer Arequipa; pero a cambio
ganamos el Quijote.
Siento haber decepcionado tu curiosidad,
en verdad temía hablar de mí. He pasado la noche atormentado por la sensación
de haberte mentido, por este sentimiento que me acosa sin reparo, como si
hubiera caído en la tentación de lo prohibido.
Borges…, ¿cómo lo conocí?; no estoy
seguro de contarte la verdad ahora, ya sabes cómo son los recuerdos. En todo
caso, te ruego me perdones, si algo falseo será sin intención.
Como sabes, estudié en el Colegio
Nacional de la Independencia Americana, fundado por Simón José Antonio de la
Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, (repito esto como un mantra, porque me
da prestigio, porque sueño que algo del suyo me llegará mientras lo evoco). El
69 ingresamos algo de 500 niños, y nos repartieron en 10 aulas según un
misterioso promedio entre edad y talla. Ya era esmirriado entonces y alcance la
H (la h, no más). Pero aún faltaba clasificarse dentro del salón, saber quién
es quién en la jerarquía interna, y eso sólo se definía a golpes, como antes,
como en el viejo oeste.
Le pegué a un chico Lostaunau, lo
recuerdo ingenuo, el pelo rubio, ondulado, algo afrancesado; recuerdo también
que lo llamábamos “Lostaunau”, tal cual, a la española. Al otro día, sus
padres llegaron al colegio, el auxiliar
Herrera me sacó del aula y me envió a la biblioteca, unos pasos más allá, en el
mismo pabellón.
Nunca vi a los padres de Lostaunau,
nunca supe de qué me acusaron y nunca me enteré del castigo, si es que lo hubo.
Con los años comprendí que los auxiliares jugaban para los alumnos, quiero
decir que veían la intención de nuestros actos, y sólo castigaban la mentira,
la deslealtad. Creo que era una forma de enseñarnos a distinguir el bien del
mal y a ser hombres de palabra.
El bibliotecario no era Borges, como hubiera
querido, sólo un Sr. Guzmán, una especie de pariente de mis padres, un paisano de
un pueblo lejano y perdido en la sierra de Castilla, al que llegaron unas 20 o
30 familias y entre ellas se reprodujeron como los judíos. Esos años yo no era
aficionado a la familia y no sabía que el Sr. Guzmán era mi tío o mi primo, no
importa; pero él me conocía, o, tal vez, por mis apellidos dedujo hijo de quién
era y, para que no esté ocioso, me dijo que escogiera el libro que quisiera.
Vagué entre los estantes de madera,
marrones, viejos pero firmes, y lo vi ahí, paradito entre otros libros:
“Fundación mítica de Buenos Aires”. Buenos Aires era entonces la manera pobre de
ir a Europa y lo cogí.
Debo decirte antes, que entre mis 7 y
12 años, pasé los veranos en una chacra ubicada en las afueras de ese pueblo de
mis ancestros, al que se llegaba en unas 12 o 20 horas, según la suerte, tras
una combinación de buses viejos, repletos de carga sobre el techo, y de recuas
de mulas y caballos, ágiles y fuertes como en el poema.
Las casas estaban alejadas unas de otras
y el agua debía recogerse de un manantial remoto. Los niños teníamos tres
obligaciones: limpiar diariamente las piedrecillas que alguien ponía en el
camino de la casa al corral del ordeño, tomar leche de vaca sin café ni cocoa y
el placentero recoger los caballos de la chacra. Iba con mis primos, a pie, corriendo
por entre unas alfalfas de nuestro tamaño y mojándonos con el rocío de las
mañanas; pero volvíamos montados en los caballos,
convertidos en Roy Rogers o Gene Autry.
El resto del día se pasaba entre ver
crecer el maíz, juntar leña para el jueves en que hacía el pan, jugar al fútbol
si algunos vecinos llegaban a la casa y jugar Siete y medio por las tardes. Ya
no se oye de este juego, era como como el Black Jack, pero mejor. Por entonces
las cartas eran sobrias, en el frente sólo tenían los palos y en el reverso
algún laberinto de reminiscencias árabes y de sólo dos colores: azul y rosado,
como si fueran macho y hembra. Sin importar que estuvieran viejas, dobladas o
marcadas, jugábamos en serio hasta perderlo todo, éramos, por turnos, Bat
Masterson o algún tahúr al que había que eliminar por tramposo.
Tomé, te decía, el libro de Borges, lo
hojeé vagamente, llegué al verso “un
almacén rosado como revés de naipe” y toda mi infancia pasó ante mis ojos,
como si me hubiera muerto.
Luego busqué otros libros que me
devolvieran el resto de mi infancia perdida; pero no encontré ninguno. Ese es quizás el origen de
mi trauma: ahora tengo sus obras completas en cuatro tomos, otra más antigua editada
el 74 y todas sus obras en libros separados y repetidas ediciones, también los
libros que escribieron sus diversas secretarias y otros allegados, y hasta el
libro de chismes que nos regaló Bioy.
Así fue como lo conocí, (así recuerdo
que fue), hace ya tanto de eso.
Un viejo y querido director del colegio
escribió otro mantra: “el que entra a este colegio, jamás sale de él”, me
alucinaba inmune y, ya ves, me has regresado a esas aulas hoy inexistentes, a
esos profesores que nos contaron de la vida y que forjaron la mano que te escribe.
Espero, con esta carta, querida H,
alcanzar tu comprensión y tal vez tu perdón. Lo sabré cuando mire tus ojos esta
noche.
Te besa con temor,
L
PS
Me parece estar escribiéndote el último
de “Two English Poems”.
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