domingo, 14 de junio de 2020

Cuento: Williams Ludwin ABARCA ZÚÑIGA 5to F 1973

Williams Ludwin ABARCA ZÚÑIGA 5to F 1973,


ABRIL O MAYO DEL 69


¡Oh recuerdos, mentiras del pasado!
Carlos Augusto Salaverry


Querida H

Anoche preguntaste cómo conocí a Borges. Desvié el tema con una conversación inútil y terminamos hablando de Cervantes. Algún día te contaré de cómo se perdió de conocer Arequipa; pero a cambio ganamos el Quijote.

Siento haber decepcionado tu curiosidad, en verdad temía hablar de mí. He pasado la noche atormentado por la sensación de haberte mentido, por este sentimiento que me acosa sin reparo, como si hubiera caído en la tentación de lo prohibido.

Borges…, ¿cómo lo conocí?; no estoy seguro de contarte la verdad ahora, ya sabes cómo son los recuerdos. En todo caso, te ruego me perdones, si algo falseo será sin intención.

Como sabes, estudié en el Colegio Nacional de la Independencia Americana, fundado por Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, (repito esto como un mantra, porque me da prestigio, porque sueño que algo del suyo me llegará mientras lo evoco). El 69 ingresamos algo de 500 niños, y nos repartieron en 10 aulas según un misterioso promedio entre edad y talla. Ya era esmirriado entonces y alcance la H (la h, no más). Pero aún faltaba clasificarse dentro del salón, saber quién es quién en la jerarquía interna, y eso sólo se definía a golpes, como antes, como en el viejo oeste.

Le pegué a un chico Lostaunau, lo recuerdo ingenuo, el pelo rubio, ondulado, algo afrancesado; recuerdo también que lo llamábamos “Lostaunau”, tal cual, a la española. Al otro día, sus padres  llegaron al colegio, el auxiliar Herrera me sacó del aula y me envió a la biblioteca, unos pasos más allá, en el mismo pabellón.

Nunca vi a los padres de Lostaunau, nunca supe de qué me acusaron y nunca me enteré del castigo, si es que lo hubo. Con los años comprendí que los auxiliares jugaban para los alumnos, quiero decir que veían la intención de nuestros actos, y sólo castigaban la mentira, la deslealtad. Creo que era una forma de enseñarnos a distinguir el bien del mal y a ser hombres de palabra.

El bibliotecario no era Borges, como hubiera querido, sólo un Sr. Guzmán, una especie de pariente de mis padres, un paisano de un pueblo lejano y perdido en la sierra de Castilla, al que llegaron unas 20 o 30 familias y entre ellas se reprodujeron como los judíos. Esos años yo no era aficionado a la familia y no sabía que el Sr. Guzmán era mi tío o mi primo, no importa; pero él me conocía, o, tal vez, por mis apellidos dedujo hijo de quién era y, para que no esté ocioso, me dijo que escogiera el libro que quisiera.

Vagué entre los estantes de madera, marrones, viejos pero firmes, y lo vi ahí, paradito entre otros libros: “Fundación mítica de Buenos Aires”. Buenos Aires era entonces la manera pobre de ir a Europa y lo cogí.

Debo decirte antes, que entre mis 7 y 12 años, pasé los veranos en una chacra ubicada en las afueras de ese pueblo de mis ancestros, al que se llegaba en unas 12 o 20 horas, según la suerte, tras una combinación de buses viejos, repletos de carga sobre el techo, y de recuas de mulas y caballos, ágiles y fuertes como en el poema.

Las casas estaban alejadas unas de otras y el agua debía recogerse de un manantial remoto. Los niños teníamos tres obligaciones: limpiar diariamente las piedrecillas que alguien ponía en el camino de la casa al corral del ordeño, tomar leche de vaca sin café ni cocoa y el placentero recoger los caballos de la chacra. Iba con mis primos, a pie, corriendo por entre unas alfalfas de nuestro tamaño y mojándonos con el rocío de las mañanas; pero  volvíamos montados en los caballos, convertidos en Roy Rogers o Gene Autry.

El resto del día se pasaba entre ver crecer el maíz, juntar leña para el jueves en que hacía el pan, jugar al fútbol si algunos vecinos llegaban a la casa y jugar Siete y medio por las tardes. Ya no se oye de este juego, era como como el Black Jack, pero mejor. Por entonces las cartas eran sobrias, en el frente sólo tenían los palos y en el reverso algún laberinto de reminiscencias árabes y de sólo dos colores: azul y rosado, como si fueran macho y hembra. Sin importar que estuvieran viejas, dobladas o marcadas, jugábamos en serio hasta perderlo todo, éramos, por turnos, Bat Masterson o algún tahúr al que había que eliminar por tramposo.

Tomé, te decía, el libro de Borges, lo hojeé vagamente, llegué al verso “un almacén rosado como revés de naipe” y toda mi infancia pasó ante mis ojos, como si me hubiera muerto.

Luego busqué otros libros que me devolvieran el resto de mi infancia perdida; pero no  encontré ninguno. Ese es quizás el origen de mi trauma: ahora tengo sus obras completas en cuatro tomos, otra más antigua editada el 74 y todas sus obras en libros separados y repetidas ediciones, también los libros que escribieron sus diversas secretarias y otros allegados, y hasta el libro de chismes que nos regaló Bioy.

Así fue como lo conocí, (así recuerdo que fue), hace ya tanto de eso.

Un viejo y querido director del colegio escribió otro mantra: “el que entra a este colegio, jamás sale de él”, me alucinaba inmune y, ya ves, me has regresado a esas aulas hoy inexistentes, a esos profesores que nos contaron de la vida y que forjaron la mano que te escribe.

Espero, con esta carta, querida H, alcanzar tu comprensión y tal vez tu perdón. Lo sabré cuando mire tus ojos esta noche.

Te besa con temor,
L


PS
Me parece estar escribiéndote el último de “Two English Poems”.

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